Alonso Cano

Espiritualidad y modernidad artística

     
 
VIRGEN DEL ROSARIO
Pedro Atanasio Bocanegra
Iglesia e la Cartuja. Granada
La estela de Alonso Cano
Muchos artistas de su época recibieron su magisterio y, sus obras, sirvieron de ejemplo y modelo para lo que sería la escuela de pintura barroca granadina
Antonio Calvo Castellón
Universidad de Granada

Uno de los rasgos más singulares de la pintura granadina de la segunda mitad del seiscientos y primera de la centuria siguiente es su incuestionable «aire de familia», esencia de su carácter y peculiar hálito diferenciador. Artistas de desigual personalidad, talento y cualidades técnicas, pintan sus historias desde la fascinación dimanada de un mismo horizonte estético que se intuye patrimonio común. Ese fértil acervo, inagotable fuente de inspiración, y carismático reclamo capaz de concitar los más diversos intereses, fue la obra pictórica de Alonso Cano; valioso legado, dimanado de una paleta en la plenitud que, en poco más de una década, mutó los destinos estéticos de una escuela que en 1652, fecha del reencuentro del maestro con Granada, parecía incapaz de hacer suyo el lenguaje innovador de la nueva pintura barroca.

La génesis de la pintura granadina del siglo XVII se enraíza en experiencias entresacadas de depauperadas prácticas de un tardomanierismo endeble y nada brillante, que la ancló en el pasado y atemperó su receptividad a las tímidas corrientes renovadoras del naturalismo barroco; la prueba más contundente es que Pedro Raxis, sin duda el pintor de más talento que tuvo Granada en las dos primeras décadas de siglo, sólo en alguna obra de madurez, como la ‘Aparición de la Virgen a San Jacinto’, apunta una tendencia a la innovación. La obra del cartujo Fray Juan Sánchez Cotán, formado en el sólido manierismo escurialense, y con una paleta proclive a un realismo tocado de percepciones caravaggescas, fue la ocasión fallida, ya que su pintura apenas trascendió la clausura del recinto conventual. Juan Leandro de la Fuente y, más tarde, Miguel Jerónimo de Cieza y su importante taller –donde se iniciaron Ambrosio Martínez Bustos, Pedro Atanasio Bocanegra, Esteban de Rueda, Felipe Gómez de Valencia, o los hijos de Miguel Jerónimo–, recogen la tradición pictórica de la escuela, iluminada con indecisas incursiones en el realismo, a las que se suma una cada vez más creciente fascinación por influencias entresacadas de la pintura flamenca. Esa vocación hacia lo neerlandés se consolidó como una de las grandes claves de la escuela, después de que, hacia mitad de la década de los cuarenta, abriera taller en Granada Pedro de Moya, un pintor que fue discípulo de Van Dyck en los Países Bajos, y quizá en Inglaterra; éste fue el último gran acontecimiento para la pintura granadina anterior al regreso de Alonso Cano.
La extraordinaria solvencia técnica, riqueza de contenidos, e incuestionable singularidad que

CORONACIÓN DE LA VIRGEN
José Risueño
Abadía del Sacromonte. Granada

caracterizan la pintura del maestro granadino, sumados al carisma de una brillante trayectoria cimentada en Sevilla y, muy especialmente, en los círculos más elitistas de la corte, alientan la ejemplaridad y el magisterio de Cano prácticamente desde los días de su retorno; su estilo sustentado en un desconocido universo estético y técnico, fue un hálito de frescura y sugestión para pintores y talleres.

El arte del Racionero parte de la profunda poética que impregna su peculiar interpretación de un naturalismo de estirpe clásica; el realismo orientado a lo vulgar y desgarrado no tiene cabida en sus figuraciones que rinden culto a la elegancia refinada, a la prestancia, a la belleza. Su pintura, que desde la madurez en Sevilla se caracterizó por una varia, rica y singular gama cromática, alcanzó su plenitud en la corte al asumir el rico bagaje de percepciones entresacadas de un profundo conocimiento de la pintura italiana. La novedad de los recursos técnicos que rigen la aplicación del color en el lienzo, y un especialísimo talento y actitudes para el dibujo, son algunos de los rasgos más significativos de aquella excepcional paleta que fue capaz de cambiar los destinos de la escuela granadina.
Fue muy reducido el número de discípulos que compartieron con el maestro los desvelos de sus últimas obras, que, de alguna manera, colaboraron con él, le vieron trabajar, y aprendieron de sus consejos; otros le conocieron y admiraron desde la distancia, sin gozar de su cercanía. Hay además una importante pléyade de epígonos más tardíos –algunos de los cuales proyectaron las maneras pictóricas de Alonso Cano hasta más allá de la mitad del setecientos– que no tuvieron la posibilidad de conocerle; aunque para todos quedó como lección permanente la ejemplaridad de sus lienzos; un carismático taller tocado de intemporalidad, que nunca dejó de concitar intereses, de ser recurrente punto de encuentro.
Pedro Atanasio Bocanegra fue uno de esos pintores cercanos al Racionero; después de iniciarse con Miguel Jerónimo de Cieza, debió llegar al círculo de Cano hacia 1663, cuando todavía, por lo que muestran sus lienzos conocidos de esos años, era un artista en evidente período de formación; su colaboración en las últimas obras del maestro no pudo ser, por tanto, muy relevante; aunque sí recibió directamente el beneficio de sus enseñanzas. Los primeros lienzos del discípulo no acusan todavía la influencia de Cano, ofreciendo una peculiar simbiosis de su todavía débil personalidad artística, de la paleta de Cieza, y un fuerte componente flamenco; rasgos que caracterizan sus primeras obras para la iglesia de la Compañía. Hasta finales de la década de los sesenta y principios de los setenta, en las pinturas para San Juan de Dios y el programa de la ‘Vida de la Virgen’ para la Cartuja, no mostró Bocanegra su admiración hacia las creaciones del Racionero; especialmente evidente en el ciclo mariológico cartujano, creado desde un profundo conocimiento de las pinturas de la Capilla Mayor de la catedral.

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Alonso Cano | Redacción ideal.es