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APARICIÓN DE LA VIRGEN A SAN JUAN DE LA MATA Pedro
Atanasio Bocanegra Catedral de Granada | La
tradición de la escuela, y una fuerte impronta flamenca tamizada de percepciones
entresacadas de la pintura de Cano, son perfiles dominantes de la pintura de Felipe
Gómez de Valencia; su Piedad del Museo granadino de Bellas
Artes, directamente inspirada en un aguafuerte de Bolswert, sobre pintura de Van
Dyck, y un lienzo de idéntico tema pintado por Cano; o la Epifanía,
ahora en el Hospital Real, muestran los rasgos de su peculiar eclecticismo. En
una línea estética muy semejante se mueve Esteban de Rueda, otro
de los pintores que compartieron inquietudes y aprendizaje con Gómez de
Valencia; sin una trayectoria pictórica definida, sus creaciones están
en manifiesta dependencia de la fuente de inspiración elegida por el pintor;
es incuestionable que su Negación de San Pedro, firmada y fechada
en 1673, un lienzo de madurez, procede de una estampa flamenca, de ahí
su fuerte impronta neerlandesa; mientras que el San José de
la Capilla Real, o la Virgen de la Rosa, del Museo de Bellas Artes,
igualmente obras de plenitud, siguen la huella del Racionero. El magisterio
de Miguel Jerónimo alcanzó también a sus tres hijos, Juan,
José y Vicente de Cieza, que vivieron en el obrador paterno sus primeras
experiencias pictóricas; más tarde, la disparidad de su talento
y personalidades trazaron caminos distintos en su trayectoria artística.
Juan fue el artista de menos cualidades de la familia y de producción más
endeble; por lo que se conoce de su obra, la influencia de Cano en su pintura
fue poco relevante, la Epifanía de la Iglesia de Santo Domingo,
en Granada, su mejor creación y compendio de los rasgos esenciales de su
paleta, acrisola lo aprendido en el taller de su padre, con ecos flamencos y canescos.
José fue el pintor de más talento de la familia
Cieza, su trayectoria artística dio los primeros frutos en Granada, donde
maduró y produjo algunas de sus obras más importantes; en 1686 se
marchó a Madrid, allí trabajó hasta su muerte como escenógrafo
cortesano y pintor. José de Cieza mostró desde sus primeras obras
una especial soltura para el diseño de los fondos arquitectónicos
y ruinas arqueológicas que caracterizan muchos de sus lienzos; ejemplares
en este sentido son la Expulsión de los Mercaderes del templo
del Museo de Bellas Artes, con gran escenografía que protagoniza la historia,
o el Bautismo de Cristo, del Monasterio granadino de San Jerónimo,
una escena religiosa dominada por un importante paisaje de ruinas. La influencia
de Alonso Cano en su paleta granadina fue muy importante, mostrando una especial
receptividad a la poética del maestro, que plasmó con sutil inteligencia
en lienzos como la Virgen de los Ángeles, del Monasterio de
San Jerónimo, y la Lactación de San Bernardo, de la
catedral, o en algunas historias del programa de pinturas murales que hizo, con
la colaboración de su hermano Vicente, para la Iglesia del Convento de
Santa Clara de Loja. A partir de 1686 trabajó en la corte como escenógrafo
para el teatro del Buen Retiro; su pintura acusa en estos años importantes
innovaciones propiciadas por el contacto con las corrientes madrileñas. La
trayectoria artística de Vicente de Cieza está muy marcada por la
figura de su hermano José, con quien mantuvo una estrecha relación
y colaboró en algunas obras; aunque no compartiera con él
la fascinación por la obra del Racionero. Vicente destacó como pintor
de perspectivas urbanas, un género casi consustancial a su paleta granadina
que alcanza especial ejemplaridad en la serie de Martirios de Santos
del Palacio Arzobispal, ahora perdida. Sorprende en estos lienzos la falta de
calidad de las historias, frente a la solvencia de la traza arquitectónica.
En 1686 viajó a la corte, donde vivió bajo el patronazgo de su hermano;
aquellos años en Madrid le identificaron con el barroquismo de fin de siglo,
que más tarde eclosionó en algunos de sus mejores lienzos granadinos
de los últimos años, como el Juicio Final o la Exaltación
de la Cruz, de la Iglesia de Santo Domingo en Granada. La figura como
artista y maestro de José Risueño fue de capital importancia para
la proyección del arte de Alonso Cano en las últimas décadas
del seiscientos y primera mitad del XVIII; fue el suyo el más prestigioso
taller granadino entre siglos, que trabajó teniendo como referencia fundamental
la obra del Racionero; un obrador de carácter multidisciplinar que acogió
a escultores, pintores, maestros ensambladores, y grabadores. La pintura de juventud
de Risueño está fuertemente impactada por la influencia flamenca,
evidente en lienzos como el San Martín partiendo la capa, de la Abadía
del Sacromonte, o los Triunfos Eucarísticos de la catedral,
para los que sigue el conocido programa de cartones de Rubens. Sin perder aquella
fascinación por lo flamenco, que emerge frecuentemente en sus lienzos,
Risueño mostró una especial recurrencia hacia la pintura de Cano
en su producción madura y de plenitud; la Divina Pastora de
la Universidad, o los Desposorios místicos de Santa Catalina,
y la Coronación de Santa Rosalía, de la catedral, darían
paso más tarde a creaciones en las que el artista reinterpreta con sutil
elegancia y proximidad la estética del gran maestro; la Virgen del
Rosario, en una colección privada de Almería, o el gran lienzo
sacromontano de la Coronación de la Virgen, están impregnados
de percepciones dimanadas de la paleta del Racionero. Domingo Chavarito, pintor
y grabador discípulo de Risueño, fue quizá el artista que
proyectó con más talento y dignidad las maneras de Cano hasta mitad
del setecientos; cuando llegó a Granada desde Huéscar, donde había
nacido en 1662, era apenas un muchacho de catorce años. Su entrada al obrador
de Risueño le identificó con la tradición granadina y el
culto a la estética de Cano que modelaron su primera paleta. Entre 1708
y 1711, un importante viaje a Italia, realizado cuando ya era pintor formado y
en ejercicio, puso a Chavarito en contacto con la gran pintura romana y con uno
de sus más importantes talleres, el de Benedetto Luti; esta experiencia
enriqueció su pintura con una pátina de romanismo que la hace especialmente
atractiva. La influencia de Risueño y de la pintura
flamenca son determinantes en las obras de juventud de
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VIRGEN DE LAS CUEVAS Domingo Chavarito Cuevas de
Guadix. Granada | Chavarito; su programa de
Historias de la vida de Santa Teresa, ahora en el Museo de Bellas Artes, se inspira
en estampas de los grabadores Adrian Collaert y Cornelio Galle; más tarde,
esa vocación hacia los modelos flamencos se plasma en dos espléndidos
medios puntos con Alegorías Eucarísticas, destinados a los altares
del crucero de la Iglesia granadina de la Magdalena, que versionan cartones de
Rubens. Las percepciones de Cano en la paleta madura de Chavarito anterior a su
viaje a Italia alumbran dos de sus mejores pinturas de esos años, el San
Antonio de Alfacar y, especialmente, el bello lienzo de la Virgen
de Gracia, de la parroquial de Cuevas de Guadix. La pintura de Chavarito
después de Italia pierde fascinación por lo neerlandés, reuniendo
en atractiva simbiosis la reciente experiencia romana y la más atemperada
y lejana influencia del Racionero; a la luz de estas premisas el artista creó
obras de especial singularidad, las más relevantes forman parte del programa
de pinturas murales realizadas a partir de 1730 para la Iglesia de Santo Domingo.
Algunos de los seguidores de Juan de Sevilla también proyectaron la influencia
del Racionero y la tradición de la escuela granadina hasta la mitad del
XVIII; de Sevilla aprenden su irrenunciable admiración por todo lo flamenco,
y, sobre todo, aquella veneración que el discípulo sintió
por las creaciones de Alonso Cano. Entre estos pintores deben recordarse a Juan
de Bustamante, Melchor de Guevara, Francisco Lendínez, Juan de Salcedo,
Manuel Ruiz Caro Torres y, muy especialmente, a Jerónimo de Rueda, hijo
del pintor Esteban de Rueda, y cuñado de Juan de Sevilla, cuya obra madura
es fiel reflejo de aquellas dos grandes experiencias estéticas que sustentaron
la pintura granadina; lo flamenco, ánima de su Bautismo de Cristo, del
Museo de Bellas Artes; y la pintura de Alonso Cano, que se proyecta en el San
Ignacio recibiendo las reglas de la Compañía, de la Iglesia de los
Santos Justo y Pastor de Granada. Muy significativa,
por la especial personalidad del artista, es la presencia en Granada del pintor
sevillano Diego García Melgarejo, que después de formarse con Murillo
viajó por España e Italia, y hacia 1688 ya se había asentado
en Granada, donde trabajó 36 años. En la paleta de Melgarejo se
concitan muchas experiencias: lo aprendido de Murillo, la influencia flamenca,
sus vivencias italianas, y el magisterio de Cano. Sus mejores creaciones granadinas
son herederas de este rico eclecticismo; las Dos Trinidades de la
Real Chancillería, o la Adoración de los pastores, de
la Iglesia de San José, enfatizan su ascendencia murillesca; el San
José presentando al Niño a Dios Padre es una bella síntesis
de percepciones extraídas de Murillo y de admiración por los modelos
del Racionero. Aunque la historiografía artística señala
para el ocaso de la pintura barroca granadina la mitad del setecientos; el carácter
de la escuela y la huella de Cano no se eclipsaron totalmente con la generación
de artistas que mueren en torno a la mitad del siglo XVIII; otros pintores de
la segunda mitad de esa centuria, de escaso talento y solvencia técnica,
en un gesto de fascinado anacronismo, continuaron aferrados a la tradición
pictórica de la escuela y a la lejana y diluida herencia del Racionero.
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