El gran maestro fue protagonista de obras de teatro y novelas donde lo presentan como un espadachín, sátiro y Juan Vellido Periodista y escritor La chanfaina es un guisado hecho de bofes o de morcilla. Y el cuadro de la Chanfaina es La Trinidad de Alonso Cano. Así se conoce a la obra del artista granadino, desde que éste la donara a un fraile del convento de San Diego a cambio de un plato de chanfaina aderezada por los monjes... Pero la historia, narrada por José Giménez Serrano en 1857 y recogida por Francisco de P. Villareal en El libro de las tradiciones de Granada (Ediciones Albaida Granada, 1990. Edición facsímil del libro publicado en 1888), tiene su moraleja y su revelación, pues Alonso Cano cedió La Trinidad en un exceso de orgullo, toda vez que quien en realidad iba a comprar el cuadro que no era otro que el padre guardián de La Cartuja de Granada, se permitió la licencia de regatear el precio que el artista había establecido dos mil pesos para el autor y cuatrocientos para el aprendiz, dudando así no sólo de la calidad de la pintura, sino de la dignidad del pintor: «(...) Ya iba a marchar, cuando un pobre fraile de San Diego, llegado por entonces a la Cartuja, le rogó que le dejase ver el cuadro de la Trinidad, tan regateado por el guardián de la Cartuja. Artista de corazón, el buen fraile, colocóse convenientemente para admirarle; le elogió cual se merecía, y solo lamentó su pobreza, para no poder adquirir aquella verdadera joya del arte granadino. Entonces Alonso Cano, movido por uno de esos espontáneos arranques que le eran tan característicos, volviose al modesto fraile de San Diego, y le dijo: No tenéis riquezas para pagar mi cuadro; pero tenéis virtud y sentimiento artístico, y yo os lo cedo
El fraile de San Diego creía soñar. El guardían de los cartujos ofrecía ya los dos mil pesos con tal que no saliese el cuadro del convento. Pero Alonso Cano le miró con altanero desprecio, hizo con una pluma su caricatura como recuerdo de auqel día, y a las tres semanas, la comunidad de San Diego celebraba una solemne función para colocar en el altar mayor de su iglesia el cuadro de la Trinidad, que a su autor le había valido un plato de chanfaina condimentada por aquellos frailes (...)». Pendenciero, hábil con la espada, trotaconventos, disoluto, y hasta merecedor de complicidad en el asesinato de su mujer, han sido «atributos» que la literatura, la leyenda y la imaginación concedieron, durante siglos, a la figura de Alonso Cano, el granadino que, habiéndolo dado todo por el arte, murió en la más rotunda miseria en la casa número 10 de la calle de Santa Paula, el 3 de septiembre de 1667. Y hasta en ese trance de la muerte, la fábula concede adjetivos al carácter rebelde de quien fuera racionero de la catedral de Granada, y le inculpa de un irreverente desaire al cura que lo asistía en su lecho de muerte; al cura y a la Iglesia, pues, según algunos de sus biógrafos, Alonso Cano rechazó el crucifijo que el sacerdote le ofrecía en sus últimos momentos «por la mala calidad de su talla». Sea o no verídico el relato que mucho antes atribuye el escritor, pintor y arquitecto italiano Giorgio Vasari, al que fuera maestro de Leonardo da Vinci, Andrea del Verrocchio, pintor, escultor y orfebre florentino nacido en 1435, lo cierto es que la agitada vida del afamado granadino dio lugar a episodios reales y fantásticos que a la postre forman parte de su laberíntica historia personal. |