Alonso Cano

Espiritualidad y modernidad artística

     
 
VISITACIÓN
Museo de Castres. (Procedente del convento del Santo Ángel. Granada)

Racionero de la Catedral, es decir, prebendado que tenía ración en la iglesia, a cambio de realizar trabajos artísticos para la institución que le albergaba, –así, Alonso Cano disfrutaba de un estudio en la torre de la Catedral y se le disculpaban sus ausencias en los actos religiosos, en favor de su dedicación artística, tal y como se recoge en el Libro de Actas del Archivo de la Catedral de Granada–, el pintor, escultor y arquitecto fue protagonista de historias reales y de historias inventadas, hasta el punto de convertirse en naturaleza de culto, en protagonista de relatos, obras teatrales e incluso una novela publicada en Francia por Raoul de Navéry a finales del siglo XIX con el título de ‘Le pardon du moine’.
Antes, en nuestro país, el polígrafo granadino Aureliano Fernández-Guerra y Orbe, estrenaba en febrero de 1842, en su ciudad natal, la obra ‘Alonso Cano’, un drama basado en la desafortunada y fantástica biografía de Antonio Palomino (Parnaso Español Pintoresco y Laureado. 1724) en el que se recrean portentosas aventuras con duelo y muerte incluidas.
Un año después, esta vez en Madrid, Gregorio Romero Larrañaga, poeta (‘La enfermedad del corazón’, ‘Cuentos, leyendas y tradiciones’), dramaturgo (‘Jimena de Ordóñez’, ‘La vieja del candilejo’) y director de la revista ‘La mariposa’, ponía en escena ‘Misterios de honra y venganza’, una pieza teatral en la que Felipe IV y Alonso Cano juegan al equívoco de tópicos amoríos y una paternidad ilegítima.
Como en la fábula de un perdedor, Alonso Cano –aunque protagonista de varias obras literarias en las que se le presenta como un conquistador, un espadachín, un sátiro, un haragán, muy lejos de la pretendida e inefable virtud del artista–, dejó en vida su fortuna y, se diría, le fue negada la buena

DESPOSORIOS
Museo de Castres. (Procedente del convento del Santo Ángel. Granada)

estrella, hasta el punto de que durante años lo mundano de su existencia prevaleció sobre la certeza de su genio. En la estulticia de las crónicas, Alonso Cano ha sido retratado como un tunante; y en la más chabacana de las literaturas, como un villano, pues, aunque fueran ciertos tales agravios, nunca estuvieron desprovistos de la virtud y del talento y, en justicia, cualidades y vicios han de ir parejos en todo ser humano.

El espíritu del gran maestro del siglo de oro español sería recogido, con otro registro, por la literatura romántica, que otorgó cualidad y purismo –aunque no exento de estereotipos–, a los mismos hechos y venturas que para otros sólo suponían vulgaridad y fruslería existencial. Perdedor, sin embargo, el granadino perseguido por la justicia, el altivo creador, acababa siempre refugiado en un convento, donde los monjes lo cobijaban y lo mantenían a cambio de alguna pintura o talla. Tal era su destino o su infortunio, antes de que el mundo, y la historia, pregonaran a voces la valía de un artista excepcional.

DESCENSO AL LIMBO
Los Angeles County Museum

El autor de ‘La Inmaculada’ en madera policromada que se conserva en la Catedral de Granada, pintor barroco en su composición, colorista de luces y sombras, fue, probablemente, artista antes que hombre, y llevó a gala su vocación. En un ejercicio de orgullo y de talento, Alonso Cano respondió con proezas verbales a quienes no apreciaban su obra, rompió tallas antes de venderlas a bajo precio, insultó a quienes despreciaban su cualidad, he hizo bandera de una actitud vital que anteponía su convicción de genio a su realidad existencial. El autor de la ‘Santa Inés’ del Museo de Berlín, del «‘Retablo de San Andrés’ del Museo del Prado, o de la ‘Visión de Jerusalén Celestial por San Juan Evangelista’, de la Wallace Collection de Londres, el arquitecto, el escultor, el dibujante, el pintor, el grabador, que hizo escuela en Sevilla, Madrid y Granada, fue tal vez un contestatario en el siglo XVII, un rebelde, un inconformista que peleó por la dignidad del artista de su época y por una modernidad que, desde el humanismo cristiano que le tocó vivir, hizo patente en sus diseños arquitectónicos, pero también en su talante personal.
Perdedor, al fin, su muerte no tuvo renombre, al contrario que ocurrió con su vida, al contrario que ocurre con su legado artístico. Alonso Cano fue enterrado en intimidad y sin grandes boatos, pese a la solemnidad a que obligaba su condición de racionero de la Catedral de Granada, tal y como se recoge en el Libro de Actas (15, fol. 291r.):
«(...) Leióse el testamento del lizenciado don Alonso Cano, raçionero desta Santa Iglesia, que murio a tres deste pressente mes de septienbre deste presente año de 1667. Y para su entierro se determinó que fuese oi, día quatro de dicho mes y año, por la mañana, después de oras, y que el cauildo baia por el cuerpo a las casas de su morada, como se acostunbra haçer con los señores preuendados desta Santa Iglesia, y asimismo se le diga missa de cuerpo pressente en su bijilia, con la ponpa y solemnidad que se a estilado y se dé sepoltura en uno de los nichos de la bóbeda, entierro de los señores prebendados».

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Alonso Cano | Redacción ideal.es