Racionero de la Catedral, es decir, prebendado
que tenía ración en la iglesia, a cambio de
realizar trabajos artísticos para la institución
que le albergaba, así, Alonso Cano disfrutaba
de un estudio en la torre de la Catedral y se le disculpaban
sus ausencias en los actos religiosos, en favor de su dedicación
artística, tal y como se recoge en el Libro de Actas
del Archivo de la Catedral de Granada, el pintor, escultor
y arquitecto fue protagonista de historias reales y de historias
inventadas, hasta el punto de convertirse en naturaleza de
culto, en protagonista de relatos, obras teatrales e incluso
una novela publicada en Francia por Raoul de Navéry
a finales del siglo XIX con el título de Le pardon
du moine.
estrella, hasta el punto de que durante años lo mundano de su existencia prevaleció sobre la certeza de su genio. En la estulticia de las crónicas, Alonso Cano ha sido retratado como un tunante; y en la más chabacana de las literaturas, como un villano, pues, aunque fueran ciertos tales agravios, nunca estuvieron desprovistos de la virtud y del talento y, en justicia, cualidades y vicios han de ir parejos en todo ser humano. El espíritu del gran maestro del siglo de oro español sería recogido, con otro registro, por la literatura romántica, que otorgó cualidad y purismo aunque no exento de estereotipos, a los mismos hechos y venturas que para otros sólo suponían vulgaridad y fruslería existencial. Perdedor, sin embargo, el granadino perseguido por la justicia, el altivo creador, acababa siempre refugiado en un convento, donde los monjes lo cobijaban y lo mantenían a cambio de alguna pintura o talla. Tal era su destino o su infortunio, antes de que el mundo, y la historia, pregonaran a voces la valía de un artista excepcional.
El autor de La Inmaculada en madera
policromada que se conserva en la Catedral de Granada, pintor
barroco en su composición, colorista de luces y sombras,
fue, probablemente, artista antes que hombre, y llevó
a gala su vocación. En un ejercicio de orgullo y de
talento, Alonso Cano respondió con proezas verbales
a quienes no apreciaban su obra, rompió tallas antes
de venderlas a bajo precio, insultó a quienes despreciaban
su cualidad, he hizo bandera de una actitud vital que anteponía
su convicción de genio a su realidad existencial. El
autor de la Santa Inés del Museo de Berlín,
del «Retablo de San Andrés del Museo
del Prado, o de la Visión de Jerusalén
Celestial por San Juan Evangelista, de la Wallace Collection
de Londres, el arquitecto, el escultor, el dibujante, el pintor,
el grabador, que hizo escuela en Sevilla, Madrid y Granada,
fue tal vez un contestatario en el siglo XVII, un rebelde,
un inconformista que peleó por la dignidad del artista
de su época y por una modernidad que, desde el humanismo
cristiano que le tocó vivir, hizo patente en sus diseños
arquitectónicos, pero también en su talante
personal. |