Pocos artistas como Alonso Cano tuvieron la facilidad para dominar el arte del dibujo Delfín Rodríguez Universidad Complutense de madrid Si hay algo del arte de Alonso Cano, uno de los más grandes artistas del Siglo de Oro español, que a casi todo el mundo le venga a la memoria al oir o leer su nombre, son sus dibujos y alguna pequeña Inmaculada como la de la Catedral de Granada. Es decir, cosas de arte que rondan entre lo frágil y lo pequeño y eso que, en la propia catedral, existen obras de mayor enjundia y dimensión, como el ciclo de la Virgen de la Capilla Mayor o la extraordinaria fachada debida también a sus trazas. Y es que Cano, como acertara a definir Gallego Burín, siguiendo en esto a Lorca, era «un explorador del mundo de las cosas pequeñas, por desengaño del de las cosas grandes». Y Lorca se le había anticipado escribiendo, en general sobre Granada, pero que Gallego Burín traía hasta Cano, que lo diminuto y el diminutivo eran algo propio de la ciudad y tenían la función de «limitar, ceñir, traer a la habitación y poner en nuestra mano los objetos o ideas de gran perspectiva», porque Granada «se achica» y «usa del diminutivo para recoger su imaginación, como recoge su cuerpo, para evitar el vuelo excesivo... por eso, la estética genuinamente granadina es la estética del diminutivo, la estética de la cosa diminuta, y sus creaciones justas, el camarín y el mirador,... el jardín pequeño y la estatua chica», y los dibujos de Alonso Cano, me atrevo a añadir. Es cierto que estas apreciaciones poco tienen de históricas y, sin embargo, su belleza poética recoge formas de mirar el mundo que parecen propias de una tradición, de un imaginario cultural. De hecho, escribiendo, en 1724, sobre los dibujos de Alonso Cano, su mejor y más fascinante biógrafo,
Antonio Palomino, autor de una biografía
perfecta, de una verdadera leyenda de artista, del granadino,
decía que «nunca pudo ver necesidad, que no socorriese;
y así solía suceder, muy de ordinario, encontrar
algún pobre necesitado, y habiéndosele ya apurado
el dinero, que para este fin llevaba, se entraba en una tienda,
y pedía un papelillo, y recado de escribir, y le dibujaba
con la pluma alguna figura, o cabeza, o cosa semejante, como
tarjeta u otro adorno de arquitectura; y le decía al
pobre: vaya en casa de Fulano (donde sabía que lo habían
de estimar) y dígale, que le dé tanto por este
dibujo: conque usando de este medio, nunca le faltaba qué
dar, y tuvo tal facilidad en dibujar cualquier cosa, que dejó
innumerables dibujos, de que no tengo yo la menor parte». |