Alonso Cano

Espiritualidad y modernidad artística

     
 
ESTUDIO PARA RETABLO
Museo de Bellas Artes. Córdoba

Es revelador también, en este sentido, que dos de nuestros más importantes historiadores ilustrados, Eugenio Llaguno y J. A. Ceán Bermúdez, racionalistas y antibarrocos, unidos en tantas ocasiones por convicciones comunes, disintieran, sin embargo, con respecto a Alonso Cano. Para el primero, historiador de nuestra arquitectura, aunque su manuscrito fuera publicado, con añadidos, por Ceán tardíamente en 1829, Cano y su dominio de las tres artes del diseño le parecían un mal síntoma de confusiones disciplinares. Mal podía, por ejemplo, ser arquitecto sólo a partir de su dominio del dibujo. Ceán, en 1800, en su diccionario sobre artistas y escultores españoles, pensaba lo contrario: «De pocos artistas ha habido tantos diseños como de este, porque de ninguno hubo tantos motivos para ello. Jamás executó obra alguna en las tres bellas artes, que antes no trazase...También hacía diseños para las obras que se encargaban á sus discípulos, y se divertia muchas veces en dibuxar sin destino determinado, que concluía con suma gracia y limpieza».

No se sabe si Llaguno llegó a ver en su vida algún dibujo de Cano. Ceán sí los vió y tuvo alguno en su colección, como Palomino. Mientras los dos últimos se sentían afortunados por poseerlos, el primero los reducía a pura prosa, incluso en exceso retórica. Casi como los más recientes especialistas en los dibujos de Cano, para quienes los mismos sólo son tenidos en cuenta cuando en ellos puede descubrirse la historia o la biografía de una pintura o una escultura, o la huella de un proyecto. Cuando alguien descubría en ellos la poesía de un trazo, de una mancha, de un arrepentimiento o de una línea segura en su itinerario impreciso entre su ausencia o su presencia en el papel, dotando a la vez de luz y sombra a lo representado y al vacío del soporte, y, además, lo identificaba, precisamente por esas raras cualidades, como un dibujo de Cano, los más recientes y rigurosos especialistas en sus dibujos los consideran «conocedores» arbitrarios, sin historia en su saber mirar, desconociendo también, lo que ya suena a insólito, que el granadino los hizo, como decía Ceán, gratuitos, «sin destino determinado», o incluso como ‘regalo’ o gesto de generosidad, como había escrito Palomino.
«Raro arte el del dibujo», llegó a escribir María Zambrano, entre asombrada e intrigada ante los trazos y líneas que se revelan sobre un papel. «Y es que el dibujo –continuaba–- pertenece a la especie más rara de las «cosas»: a aquellas que apenas tienen presencia: que, si son sonido, lindan con el silencio; si son palabra, con el mutismo; presencia que de tan pura, linda con la ausencia; género de ser al borde del no-ser».

Pues bien, todo esto puede rastrearse en los dibujos conservados de Alonso Cano. Su lindar con el no ser, con la ausencia anterior a la presencia del trazo, con la condición sin destino del dibujar, mero ejercicio que se agota en el papel, sin función o finalidad declarada, como para desconcertar a los nuevos especialistas. Pura poesía frente a la prosa aburrida de tantos que se han acercado a Cano y a sus dibujos. Por eso, también, recordaba a Lorca y a Gallego Burín al comienzo de estas líneas, porque son la pasión, la poesía y la emoción los mejores instrumentos, y los más apropiados, para aproximarse no ya tan sólo a los dibujos del racionero, sino al arte todo de Cano, de la pintura a la arquitectura. Después vendrá la reflexión y la historia, con el fin de explicar tanto asombro.
Algunos de sus dibujos tienen, además, la extraña particularidad de reunir en un sólo y pequeño papel, como en compendio, todas las habilidades de Cano. Así, por ejemplo, en el hermoso Desnudo (Ninfa dormida), recientemente adquirido por el Museo del Prado, los trazos del pintor, sus luces y volúmenes de luz sombreadas de aguadas sepias, que son pura interpretación del espacio, sus tramas cruzadas de líneas de tinta, como para ensayar sombras artificiales de una superficie o las proyectadas por alguna figura o cosa, incluso de naturaleza, se mezclan con líneas y trazos temblorosos realizados como para sujetar el desnudo de la escultura, incluso las rocas sobre las que apoya, que parecen empujar el contorno que las sujeta por decisión del artista.

Son trazos que llevan la sombra en su interior, incluso el paisaje, o su memoria. Pero, además, el mencionado dibujo del Museo del Prado tiene también un dibujo de arquitecto: preciso, geométrico, trazado con regla y compás, seguro, como premonición del proyecto construido. Toda una lección que, como tantas otras, como ocurre en el Proyecto de Fuente Mural, recientemente adquirido por la Junta de Andalucía para el Museo de Bellas Artes de Córdoba, están llenas de poesía e historia y muchas de ellas pueden ahora contemplarse en Granada, en el Hospital Real, en una exposición apasionada, como propia de Alonso Cano.

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Alonso Cano | Redacción ideal.es