Carlos V- Quinto Centenario
Carlos de Gante y España
Antonio Gallego Morell
Catedrático emérito de la Universidad
El que Carlos V viniera al mundo en el retrete de un palacio de Gantes, no fue premonitorio del destino que habría de tener el futuro emperador. Muy por el contrario, fue un hombre al que acompañó la suerte, tal y como auguró su abuela castellana al nacer
El día 24 de febrero de 1500 nace en la ciudad de Gante el que había de ser –al decir de Menéndez Pidal– el emperador más universal que hubo en la historia respondiendo al sentido imperial que acuñaron Roma, San Agustín y Carlomagno. Fue un día que se grabó en la grande y general historia universal y fecha que, sin duda, recordaría siempre Carlos I de España y V de Alemania: un 24 de febrero –1525– se acometieron en Pavía los ejércitos del emperador y de Francisco I de Francia –al que hizo prisionero Juan de Urbieta, soldado vasco de sus compañías–; otro 24 de febrero el Papa Clemente VII lo corona en Bolonia –1530–; el 24 de febrero de 1545 nace su hijo natural, en Ratisbona, que se inmortalizaría tanto como Juan de Austria como Jeromín en páginas de nuestras letras y, finalmente, al atardecer del 24 de febrero de 1557 cansado de viajar cruzando Europa –y bien le hubiese gustado saltar el Océano y conocer el Perú– se retiraba definitivamente al monasterio de Yuste pero seguía con viva curiosidad los avatares políticos y guerreros de los reinos
que había dejado atrás. Fue hombre al que acompañaría la suerte como comentó al nacer su abuela castellana parangonándolo con Matías, el último de los doce apóstoles de Jesús, que figura en el santoral el día 24 de febrero.
Nace Carlos en el despertar del mundo moderno, pórtico de una época en la que vivirá España un siglo de Oro. Ludwig Pfandl sitúa en la fecha de su abdicación y exaltación al trono de Felipe II como éste empieza su obra desde el punto mismo en que la dejaron las frías manos de Isabel. En este momento –sentencia– empieza el siglo de oro de España. En Amberes, Gante, Malinas y Bruselas también tendrán por entonces otro siglo de oro y de fascinaciones. Mil quinientos es el año del mapamundi de Juan de la Cosa, vizcaíno –como se denominaba a los nacidos a orillas del Cantábrico–; su portulano abarcaba, por vez primera, Europa, Africa, gran parte de Asia y las costas occidentales de América con Cuba vista ya como isla y no como tierra firme tal como creía Colón en cuyos viajes se enroló el gran cartógrafo cuyo planisferio hace comprender que en su Imperio no se ponía el sol, como decía Carlos.
La hija de los Reyes Fernando e Isabel –Castilla y Aragón– doña Juana fue a los Países Bajos para dar a luz a Carlos en Gante, cerca de Brujas, de Amberes, del Escalda y
Palacio Real de Gante donde nació Carlos I de España. (Litografía de Fournois. Siglo XIX).del Lys. Allí en su castillo, entre la algarabía en la que también nacieron las grandes dinastías de artesanos que provenían de los pequeños oficios de la edad media, ciudad en la que, como en Granada, dominarían calles de tejedores, libreros, cerrajeros, plateros, alfareros, vidrieros... Loca de amor por Felipe el Hermoso la Archiduquesa española, la princesa enamorada sin ser correspondida de Lorca, dio a luz en una habitación escusada a donde tuvo que refugiarse al presentársele los primeros dolores de parto en el curso de una fiesta de la Corte. Al niño se le bautizó con el nombre de Carlos en memoria de su bisabuelo el Duque de Borgoña y Conde de Flandes. En lo más alto del campanario de San Juan Nicolás de Gante –ciudad que luego le sería adversa– los flamencos encendieron fuego que decían los cronistas que se veía a más de quince leguas hacia la ciudad de Amberes. Allí se casaron veintitrés años antes sus abuelos paternos Maximiliano y María de Borgoña, hija de Carlos el Temerario. Pero aquella adversidad de su ciudad natal se convertiría en tensa emoción y lágrimas en los actos de sus abdicaciones antes de regresar definitivamente a España camino de Yuste. 8
Era Carlos el hijo segundo de los habidos fruto del matrimonio entre Juana y Felipe –sus padres enterrados en la Capilla Real de Granada junto a sus abuelos Isabel y Fernando y uno de los cuatro nacidos en los Países Bajos –Leonor, Isabel y María– junto a los dos españoles Fernando, nacido en Alcalá y Catalina en Torquemada.
En sus primeras cunas hubo encajes de Malinas y Bruselas; luego, en las estancias de sus palacios, tapices tejidos con sedas que cruzaron a Flandes desde la Granada de sus abuelos Isabel y Fernando. Entrevemos toda una generación –alrededor de 1500– con Garcilaso de la Vega y Pero Mexia, con Rabelais, Benvenuto Cellini... Años en los que se abre, definitivamente, la ruta marítima a la India, se pisa el Brasil con Cabral; años de la Piedad de Miguel Angel, la Natividad de Botticelli, el Erasmo de Adagia... Muere en Tordesillas Isabel de Castilla y un año después entra en el convento Martín Lutero. Como Nuevo Mundo se bautiza a las tierras descubiertas por el Almirante pero también alumbra en Europa algo nuevo que entraña una transformación sin precedentes en la cultura y en las costumbres y una aspiración que encarnaría Carlos por la que todavía se batalla en este comenzar del año 2000.
En 1515 nace el que habría de ser Carlos I de España y V de Alemania al proclamarse su mayoría de edad y se le brinda, allá en Bruselas, como divisa el Plus Oultre y las columnas de Hércules. Ningún intento biográfico exige tanta evocación previa de ese mundo que rodea a Carlos de Gante en su nacimiento. ¿Pero por qué se incrustaría tan prontamente en la historia el personaje más como Carlos V –de Alemania– que como Carlos I –de España–? Más salían de las cortes castellanas los ducados necesarios para las guerras de Alemania, Italia o Túnez, Cortes que lo mante- nían inquieto por su tacañería y entre constantes sobresaltos, incluso queriendo contentar a quienes desde la Península lo querían en su tierra o acometiendo prioritariamente la empresa de Argel. No gozó en vida de cariño en Gante y él no superó su recelo tampoco ante el Toledo de las Comunidades y en cambio entre Carlos y Granada sí funcionó la química, como ahora se dice, y se volcó por Granada y esta ciudad se sintió abanderada por el gran estandista. Porque Carlos fue por delante del Carlos V de Mühlberg, el de Tiziano, el Carlos V viajero cuyo mapa con sus recorridos –Los Viajes del Emperador– ejecutados por el Museo Naval impresionaron más en las exposiciones del IV centenario de su muerte montadas en el Hospital de Santa Cruz de Toledo, en 1958, y en el IV Centenario de la fundación de Granada, en el Hospital Real de esa ciudad tan carolina, que el mapa de sus campañas también expuesto en ambas exposiciones. Tanto, o más, que el emperador guerrero a lo largo del tiempo irrumpe –y, sobre todo, ahora en los tiempos de la Unión Europea– el negociador, el hábil diplomático de políticas matrimoniales y, sobre todo, lo que al cabo fueron sus dos grandes fracasos: intentos de integración con los moriscos y el cuajar la unidad entre el catolicismo que él encarnaba, tanto o más que el Papado –más papista que el Papa– y el protestantismo. Esa estampa se ha impuesto después de las últimas investigaciones en Simancas y otros archivos. Todo su afán fue lograr lo que denominó Pidal un Imperio de unidad cristiana. Esos serían sus pensamientos en Yuste teñidos en recuerdos de una ciudad que constituyó su ideal más acariciado: Granada. Su época, sus aventuras perdurarán como algo mítico que recuerda en el siglo XIX el Zorrilla de Don Juan Tenorio, uno de los grandes mitos de nuestra época, en sus primeras escenas en la hostería de Cristófano Buttarelli cuando el capitán Centellas evoca «...Las guerras / del emperador, a Túnez / me llevaron: más mi hacienda / me vuelve a traer a Sevilla»; o cuando Don Juan se ufana: «Pues, señor, yo desde aquí, / buscando mayor espacio / para mis hazañas, di / sobre Italia.../ y en ella el Emperador, con ella y con Francia en guerra, / dijeme ¿dónde mejor?» para las aventuras amorosas.
En Gante pronuncia Carlos I el discurso en el que anuncia su primer viaje a España y en 1520 jura los Fueros de Burgos antes de ser coronado en Aquisgrán en el antiguo monasterio de Carlomagno: lo coronaba el obispo de Colonia. Windham Lewis –escribía refiriéndose a esos años– «tres reyes jóvenes representaban lo más
Carta de Carlos V a los concelleres de Barcelona comunicándoles su casamiento con Isabel de Portugal.
(Archivo Histórico de Barcelona).importante de la política europea»: eran Carlos I de España, Francisco I de Francia y Enrique VIII de Inglaterra. Eran años, evocados por Brandi, en los que caballeros cabalgaban con largos abrigos de escarlata, protegidos con pieles de cibellina y colgando pesadas cadenas de oro; cuando celebraban los capítulos de sus órdenes en los coros de las catedrales: Notre Dame de Brujas o Saint Rombant de Malinas. Alternaban la alta artesanía del tejido de los tapices con el auge del arte del grabado con la transición desde el intaglio sobre madera, que marca el auge del arte de Durero, a la incisión sobre planchas de acero que culminaran técnicas puestas al servicio de los talleres tipográficos de un Plantin Moretus cuando las ediciones anturpienses centraban el momento tipográfico de una Europa que lleva acabo con el auge creciente de la imprenta la más ambiciosa empresa cultural en la historia del Universo que constituyó el tránsito al libro impreso desde la cultura monástica de la tradición de los manuscritos... Y Carlos I de España, entre batalla y batalla, reuniones de Dietas imperiales y Cortes generales, luchas contra protestantes o contra la Roma del Papa –saco de Roma– sueños o urgencias en torno a la convocatoria de un Concilio tenía conciencia de todo ese fascinante y brillante renacimiento cultural.
Carlos V no pudo elegir desde el vientre de su madre Juana la ciudad en la que nacer pero sí tuvo voluntad de elegir a Granada para su viaje de bodas y luego otra vez a Granada –en su primer testamento– para su enterramiento, ciudad ya elegida antes para el de la emperatriz. Y cuando decidió retirarse a esperar su final lo hizo eligiendo España –era Carlos I– hacía el sur –Cuacos, Jarandilla, Yuste– donde el paludismo le aceleró la muerte que más lentamente le hubiese llegado con la gota y su insaciable deseo de comer –muy de la época de su compañero de generación François Rabelais nacido en 1949 en la Turena–. Manuel Fernández Alvarez –el más profundo conocedor de ese hombre para Europa que fue Carlos de Gante– nos alerta en este año de su centenario; «el soberano de alemanes y españoles, de belgas y holandeses, así como de tantos italianos, y de los que pueblan las espaciosas Américas, entre Río Grande y la Patagonia; el que defiende a Viena frente al Turco o el que promueve una y otra vez la unidad de la cristiandad, no puede caer en el olvido».
Carlos V- Quinto Centenario