Carlos V- Quinto Centenario
El reto de la HISTORIA
Carlos V se ganó la estima al dedicar toda su vida a unir la heterogénea herencia planetaria recibida de sus antepasados y a armonizar los intereses enfrentados. El ‘solitario de Yuste’, en palabras de Jaime Vicens Vives, representa la plasmación del ideal cosmopolita del Renacimiento, aún impregnado de las esencias medievales. Su vocación universalista y unionista le han convertido en uno de los personajes más descollantes de nuestra Historia. Su era dio a España, a la que acababa de incorporarse Granada, una dimensión europeaJosé E. Moratalla
Alcalde de GranadaLa gran obra política de los Reyes Católicos, Granada, acaparó el interés de Carlos V; se mostró orgulloso de su dominio de Granada. Escogida la capital granadina para su luna de miel, el emperador se sintió tan fascinado por el lugar y por lo que suponía la Alhambra, que ordenaría la construcción del palacio imperial en el corazón del recinto. Luego quedaría inacabado como si la Alhambra no hubiera dejado que el palacio alcanzara su exquisito refinamiento. Lo encargó a uno de los mejores arquitectos de la época, Pedro Machuca.
Vista parcial de Granada. (Foto: Alfredo Aguilar). Fue en Granada donde Carlos promovería la fundación de una Universidad que sería, por ello, la que mejor recuerda su reinado, sostiene Manuel Fernández Alvarez, catedrático y académico de la Historia. Y pensaría en Granada como lugar donde descansarían sus restos, junto con los de su amada esposa, la bella emperatriz Isabel; así lo dispondría en su testamento, otorgado en Bruselas en 1554: «Ordenamos y mandamos que, do quiera que nos hallemos cuando Nuestro Señor Dios fuere servido de nos llevar para la otra vida, nuestro cuerpo sea sepultado en la cibdad de Granada, en la Capilla Real, en que los Reyes Cathólicos de gloriosa memoria, nuestros abuelos, y el rey don Felipe, mi señor y padre, que santa gloria haya, están enterrados...». Sirva esta aproximación formal y somera a la figura del emperador más peregrino de todos los tiempos, como le define Ramón Carande, para ilustrar mis reflexiones acerca del devenir histórico de una ciudad donde las esencias carolinas se mezclan con el profundo aroma islámico. La obra de Carlos V terminó por convertir Granada en un crisol de culturas. La evocación del hombre, del gobernante y de la empresa imperial no debería quedarse reducida al ámbito académico, al de las exposiciones, congresos y debates que, seguro, colmarán el año de Carlos V. La aportación simbólica de Granada se concretará en el hermanamiento con cuatro localidades claves para el emperador: Sevilla, Toledo, Yuste y Gante, su ciudad natal. Pretendemos que este acto formal, simple y sencillo, rompa la frialdad de las relaciones existentes entre ciudades vinculadas por avatares históricos y que están llamadas a sumar tanta sabiduría acumulada en beneficio de la colectividad. Pero nuestro interés descansa, fundamentalmente, en «aprovechar» esta ocasión que se nos brinda para derribar barreras y dar, de una vez, el gran salto al futuro, sirviendo este centenario como bandera de un proyecto que potencie la cultura y la relevancia histórica de la ciudad. Tal vez sea lo que Granada espera de los responsables políticos con más ansiedad.
La conmemoración institucional del quinto centenario del nacimiento de Carlos V es la oportunidad inmediata que tiene Granada de abrirse al mundo, de ejercer con eficacia y acierto su papel de ciudad puente entre Oriente y Occidente, de recuperar su vocación universal, de administrar sin arrogancia su variado legado monumental y de imprimir dinamismo para que la riqueza artística y cultural se torne en la práctica en auténtico estímulo al desarrollo, poniendo en valor el patrimonio vivo de la ciudad y rentabilizando el trabajo de los empresarios jóvenes, mujeres emprendedoras, sindicatos y colectivos sociales. Propósitos claros, pero tarea difícil. A ese empeño deberíamos dedicar, como hiciera el rey prudente, su hijo Felipe II, fuerzas y recursos.
Soy consciente de que tales objetivos pueden parecer ya reiterativos o sonar a música celestial, pues reconozco que han sido una constante en cuantos me han precedido en la gestión de la ciudad. Sin embargo, es preciso insistir machaconamente para mantener viva la llama de la esperanza, máxime en una tierra tan
presta, por desgracia, al derrotismo y al abatimiento, actitudes que jamás prendieron en el ánimo de Carlos V. Son viejas aspiraciones que requieren nuevas respuestas ajustadas al tiempo presente. El futuro de un pueblo, el futuro de nuestra ciudad siempre está en nuestras manos. Carlos I de España y V de Alemania pasó sólo seis meses en Granada, del 5 de junio al 10 de diciembre de 1526, de los dieciocho años mal contados que estuvo en España. Vino a Granada en busca de sosiego. Aquella estancia de placer y recreo se vio, lógicamente, alterada por los asuntos de Estado. La necesidad de gestionar y pacificar un imperio donde nunca se ponía el sol atrajo a la flor y nata de la diplomacia europea de la época. Sin embargo, las graves preocupaciones –las relaciones con Francia– no impidieron que el monarca mostrara, durante su fugaz paso, un vivo interés por la ciudad y sus cuestiones más acuciantes.
El gran emperador insufló aires de cambio y renovación y se entregó decisivamente al enriquecimiento y ornato de Granada. Su rica huella le hace merecedor de la condición de primer «burgomaestre» que incorpora las tareas de alcalde en la era moderna de Granada, cuando el Ayuntamiento instituido por los Reyes Católicos acababa de cumplir 26 años de funcionamiento. Con Carlos V, la ciudad atesoró un brillante patrimonio, se proyectó a la civilización occidental a través de los ideales europeístas que preconizó ese período liberador llamado Renacimiento. Carlos V magnificó Granada con programas urbanísticos, arquitectónicos e institucionales. Granada atravesó una etapa dorada, posiblemente la más fértil de su historia cristiana, tanto por su saneada economía como por su esplendor artístico y cultural, a pesar de los comportamientos hacia los moriscos, con quienes Carlos V fue algo más tolerante que su fanático hijo Felipe, según especialistas que han investigado sobre ambos monarcas. La Granada de Carlos V amplía su traza; se llena de iglesias, conventos, edificios, colegios y palacetes nobiliarios; se remodelan espacios públicos para adaptarlos al paso de carruajes. El elemento innovador en la tipología urbana de la ciudad es la creación de placetas y plazuelas. Es la Granada del arte nuevo.
Los desafortunados años del desarrollismo urbanístico barrieron de la faz urbana buena parte de las obras carolinas. Ha sido materialmente imposible restituir esta negligencia, fruto de la despreocupación y la insensibilidad hacia la Historia. La ciudad monumental –árabe y cristiana– ha pasado, en cierta medida, a ser una ciudad con monumentos. Milagrosamente, todavía es factible establecer un itinerario carolino que recorra el ámbito comprendido entre San Jerónimo y el entorno de la Catedral, y viceversa. La iluminación de edificios religiosos, la apertura al público de iglesias incluidas en ese trayecto y la celebración de conciertos en su interior, al modo europeo, pueden constituir un elemento de promoción turística y cultural en el centro de Granada. Hemos depositado expectativas en el bono turístico. No es la única y exclusiva panacea. Sí un acicate para ir introduciendo el hábito de que el visitante de la Alhambra, al estilo de los viajeros románticos del XIX, descienda de la colina y compruebe que la ciudad llana mantiene un poso cautivador. El bono es, en consecuencia, un valioso instrumento para captar un turismo de calidad, viajeros sin prisas, ávidos de conocimientos y devoradores de leyendas. La ciudad baja ofrece, por contra, un ambiente agresivo, que no se compadece con la tradicional hospitalidad granadina, por un uso desmedido del vehículo privado, una enfermedad contagiosa que de no hallar vacuna terminará por envenenar a los pocos que gustan del paseo sosegado. El tráfico es la gran asignatura pendiente de este siglo. Aprobarla depende de que exista conciencia de su magnitud y efectos perniciosos. La recuperación de los cauces fluviales y de los parajes medioambientales harán de Granada una ciudad más saludable; la vertebración del Area Metropolitana incidirá notablemente en la mejora de la prestación de servicios comunitarios, aliviando la presión que la ciudad sufre como primer centro administrativo. El prestigio de Granada se cimienta, gracias a la mezcla de pueblos que aquí encontraron acomodo, en su arte, su historia, su música, su literatura y sus bellezas naturales. No podemos dilapidar, con comportamientos extraños a nuestra idiosincrasia, un acervo que nos ennoblece y que es trampolín de nuestro avance.
Estandarte de Carlos V llevado por Esteban Doria en los funerales del emperador. (Grabado de Deutecum). Carlos V personifica la transición granadina a la modernidad. Es, pues, un claro referente para los granadinos de hoy que, como él, vivimos una franja cronológica entre siglos. Todo tránsito se manifiesta de manera diversa y contradictoria, entraña temores, dudas y recelos. Vencer incertidumbres y urdir la madeja para conquistar el mañana es labor que el Ayuntamiento de Granada está dispuesto a liderar con el apoyo de la sociedad. Son muchos y dispares los retos que hemos de afrontar si no queremos que Granada quede rezagada en la nueva era, en la era de la aplicación de las nuevas tecnologías. El proyectado Campus de Ciencias de la Salud, aunque no avanza al ritmo que todos deseamos, es el baluarte del cambio científico y el que nos empujará al siglo XXI. La transformación que tocamos con la yema de nuestros dedos y que condiciona el normal desenvolvimiento diario no puede encararse aisladamente. Requiere la participación activa de todas las instituciones de la ciudad, de los agentes económicos, sociales y culturales, del Gobierno español y de la Junta de Andalucía. Para caminar juntos es preciso que Granada recupere el espíritu emprendedor carolino, el orgullo ciudadano propio de una urbe curtida por el barniz de los siglos, que enlace con la trayectoria ilusionante y solidaria de etapas que están en la memoria de todos, que asuma el mensaje de unidad y universalidad que jalona nuestra estela renacentista. Pensando en el interés general, estamos condenados a entendernos. De ahí las propuestas lanzadas que intentan soslayar la confrontación partidista y eludir la polémica estéril.
El pacto por la viabilidad de la candidatura de Granada a la Olimpíada de Invierno abre un camino de trabajo cómplice y riguroso. La voluntad tácita expresada por el conjunto de la corporación municipal demuestra, más allá de un reconocimiento a la capacidad de diálogo, que el bienestar de Granada es un objetivo común. Los valores olímpicos de unidad, fraternidad, solidaridad y universalidad conectan con nuestro pasado carolino. Creo, modestamente, que la senda trazada en pos de la consecución de un sueño compartido nos coloca en una situación inmejorable para abundar en nuestras potencialidades desde la más escrupulosa defensa de la identidad paisajística. El desarrollo armónico es viable si somos capaces de aparcar los postulados economicistas y aplicar modelos sostenidos.
Pérez de Hita nos aclara que sin Carlos V Granada hubiese sido otra. «Granada florecía tan altamente que bien se puede decir que en España no había ciudad, por populosa y grande que fuese, que hiciese ventaja en tratos y comercios y grandes bastimentos y soberbios edificios». Invito, después de haber padecido con especial crudeza los siglos aciagos de la postración y la decadencia de España, a mirarnos en aquel espejo y a imitar las acciones positivas de esa rotunda lección histórica.
Carlos V- Quinto Centenario