Carlos V- Quinto Centenario  

 

El ideal HUMANISTA

Ignacio Henares Cuéllar
Catedrático de Historia del Arte de la Universidad de Granada

En los años setenta Leonardo Benévolo dedicó un hermoso libro a las ciudades que representaban la utopía moderna del siglo XV en la Italia humanista, Urbino, Piacenza, Nápoles, entre otras, y en su libro sobre la Arquitectura del Renacimiento, al analizar el mundo hispánico, incluyó a Granada entre las ciudades de Occidente que interpretaban aquel modelo utópico, basado en el ideal civil y aristocrático del humanismo. La Granada renacentista es inseparable del espíritu de la primera etapa de la monarquía de Carlos V, de las grandes esperanzas que se suscitaron en el primer tercio del siglo XVI, cuyo vértice simbólico puede muy bien cifrarse en la estancia granadina de 1527, bellamente descrita por A. Gallego Morell, momento en que la Alhambra se convierte en Corte imperial, reúne a toda la diplomacia europea, vive la euforia eirenista y adopta el clasicismo italiano en la poesía. Los hitos de la ciudad imperial no corresponden a una decisión política, a un acto de mecenazgo por parte del joven monarca, constituyendo la expresión de un conjunto de valores, ideas y hechos llevados a la práctica por una serie diversa de personajes que representa la élite social, política, intelectual y cultural del momento y que a través de sus proyectos está interpretando un modelo ideal de la Monarquía, de su virtú, un término acuñado en la literatura política italiana de la época, en Maquiavelo y Guicciardini, que trata de fundar la civilidad humanista sobre las tesis morales y políticas de la ejemplaridad. Estos nobles y eclesiásticos que se hallan al frente de las obras de la Corona, que promueven una precisa representación de la misma, tienen además el propósito de mover la voluntad del joven César en una determinada dirección, cuyo resultado pudiera ser el establecimiento de una capitalidad imperial en una ciudad afamada en todo Occidente desde su reciente conquista.

Firma de Diego de Siloé

Ni la política ni la personalidad de Carlos V permitían augurar un feliz término a los deseos de las familias aristocráticas castellanas implicadas en los programas granadinos, con el muy ilustrado conde de Tendilla a la cabeza, ni de los eclesiásticos que se sucedieron en la diócesis granadina de la época y que constituyeron un período de humanismo y reforma católica de extraordinario alcance, especialmente los jerónimos fray Hernando de Talavera y fray Pedro Ramírez de Alva. Estos son los personajes a quienes se debe la utopía socio-política, moral y artística de la Granada carolina, que pese a no alcanzar los fines inmediatos produjo una imagen arquitectónica y urbana que es memoria ejemplar de los ideales humanistas y eficaz expresión estética de los mismos. Pese a no haber sido nunca capital imperial, pese a haberse visto sustituida en el destino de albergar los restos del emperador por Yuste, pese a haber sido relevada por El Escorial en su carácter de capilla funeral de la Monarquía, hace unos años en la visita que hiciera a la ciudad Carl Schoerske, profundo conocedor de la Viena imperial, se sorprendía ante el completo y brillante programa aúlico, político y religioso de esta frustrada Corte de los Habsburgos, en tantos aspectos coincidente con la ciudad danubiana.

Portada de la Capilla Real de Granada, según un dibujo de Rodríguez Avila.

La imagen imperial en arquitectura y arte se nutrirá de experiencias e iniciativas que se desarrollan en la ciudad en las dos primeras décadas del siglo XVI y que son inseparables de la nueva realidad política castellana tras la conquista, la supremacía del poder regio, políticamente reforzado tras la solución de los conflictos dinásticos y el proceso de expansión se alza como indiscutible fuerza equilibradora en la sociedad de finales del XV; las nuevas relaciones entre la Corona y la aristocracia, que evoluciona de la ideología y las prácticas políticas de la nobleza señorial a una posición de servicio a la Monarquía; la fortaleza institucional y espiritual de la Iglesia católica española, que se distingue y sobresale en el panorama de la cristiandad occidental contemporánea, inmune a las tensiones centrífugas y a la disidencia, convencidamente evangelizadora y reformadora. Por lo mismo las fundaciones de los Reyes Católicos, la refundación de la sede episcopal granadina y las iniciativas nobiliarias constituyen el cantero sobre el que se labrarán la imagen imperial en la ciudad y los cortesanos de Carlos V. Los administradores y albaceas del legado de sus abuelos encargan los cenotafios y el retablo que han de embellecer el aula regia de la Capilla Real o deciden la construcción del patio de los mármoles en el hospital de los Reyes Católicos, con la heráldica del César y un sonriente espíritu.

Pero sobre todo una obra de considerable alcance, el monasterio de San Jerónimo, va a representar el ideal aristocrático de nuestro humanismo y va a convertirse en un modelo para las iniciativas imperiales, del mismo modo que su mismo autor lo será de la Catedral destinada a enterramiento del emperador. El gran valor de este clasicismo es la reinterpretación del poder como una nueva realidad política y moral, en todo opuesta al despotismo y la arbitrariedad, basada en el supremo valor de la ejemplaridad, la auctoritas de las antiguos, que asocia la acción política al imperativo, por lo que su teorización se realiza a través de la virtú, que no es mero pragmatismo. Lo que ha hecho diferente la civilización occidental moderna entre todas las civilizaciones ha sido precisamente el primado de tales valores ético-políticos. Su expresión artística se hallaría magistral y eficazmente resuelta en el ciclo de Siloé para la capilla funeraria de los duques de Sessa en la que los reyes autorizan el enterramiento de su más fiel y eficaz servidor. En ella el artista burgalés replantea un proyecto tradicional, concentrando el nuevo lenguaje arquitectónico y decorativo en el crucero. Sus espléndidas esculturas policromadas en piedra sobre las bóvedas de ambos brazos crean entre nosotros la tradición clásica de la alegoría, el uso de la memoria de héroes y heroínas bíblicos y de la antigüedad constituye la demostración de la ejemplaridad de los duques.

Al mismo tiempo se producirá la hispanización del Renacimiento, con la presencia de artistas u obras de los que Gómez Moreno llamara, siguiendo a Francisco de Holanda, las águilas del Renacimiento español (Berruguete, Ordóñez, Siloé y Machuca). Los dos últimos culminarán el proceso con dos de los más grandes y modernos proyectos del clasicismo renacentista, la Catedral, destinada a enterramiento imperial, gran símbolo de los ideales de la reforma católica planteada por la Iglesia humanista, exaltación de los valores eucarísticos y del cristianismo primitivo. Y el símbolo de la paz universal, de la utopía carolina, erigido por Machuca en la colina de la Alhambra. Unidos a la Chancillería y a la Universidad vieja constituyen un ideal urbano que no por inalcanzado en lo político carece de verdadera plenitud estética y cultural, a él debe esta ciudad lo mejor de su cualidad artística y lo más elevado de su permanente sentimentalidad melancólica.

 
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