Carlos V- Quinto Centenario
La Granada IMPERIAL
La visita en el año de 1526 del emperador Carlos a Granada se enmarca en un momento históricamente crucial para la construcción del Estado moderno hispano, y en el que la ciudad de la Alhambra –por su especial valor simbólico– estaba llamada a desempeñar un vital papel en aquella centuria que la convirtió en la urbe más importante de Castilla y en una de las más relevantes de la Europa del momentoFrancisco Sánchez Montes González
Profesor de Historia Moderna. Universidad de GranadaEran tiempos de cambio que, en continua y radical transformación, marcaron las pautas del tránsito del mundo medieval al moderno y que abrieron el horizonte de un mundo cada vez más complejo del que desaparecían los hechos y elementos de un pasado reciente –que aún ejercía un enorme peso sobre la vida– para luchar y ver la luz con los nuevos modos de entender al hombre y a su real capacidad de decisión ante el destino. Y Carlos V –el hombre medieval, como también renacentista– vivió aquellos años de rápidos cambios y en la encrucijada temporal también se entremezclan, de modo visible, las transformaciones con una ciudad en la que se configuran los nuevos rasgos esenciales de un Renacimiento activo, frente a la desaparición del viejo modelo musulmán y la fugaz aparición de aquel último guiño que en Granada se lanzara hacia el gótico tardío. Así, y por una decisión personal, fue como el emperador vino a Granada: tras la boda sevillana con Isabel de Portugal, y en la que trataba de cumplir con el «negocio del Imperio» para retomar la búsqueda de la sólida alianza y el ansiado enlace con el pueblo luso ya marcado por la política matrimonial de sus abuelos maternos, fraguando con ello un enlace y en el que también, no resultaba desdeñable, se alcanzaba una muy estimable dote. Cosas todas que obtuvo, sin duda, y que no auguraban la óptima relación que la pareja mantuvo en toda su vida, pues, convertida la inicial política en un rápido enamoramiento, hizo escribir a un contemporáneo como «en cuanto están juntos, los novios se entienden y, aunque todo el mundo está presente, no ven a nadie, ambos hablan y ríen, que nunca hacen otra cosa».
Francisco de Borja delante del féretro de Isabel de Portugal. (Jean Paul Laurens. Museo de Brest). La Granada de entonces estaba llamada a conocer a un joven Carlos que vive sus horas más felices, como también distantes de los desengaños posteriores que sufriría en su política y en su alma. El era la viva representación del emperador triunfal: un príncipe del Renacimiento, con el perfil y talante más erasmista y tolerante, poseedor de un pleno control y poder –bien marcado ante los ojos del mundo– tras la victoria sobre el eterno rival francés. Y era quien también, y tras su definitivo reconocimiento por sus súbditos hispanos, había logrado apaciguar los exaltados ánimos de las revueltas de las Comunidades y Germanías opuestas a su poder hacía aún escasos años.
Así, reconocido en su autoridad dentro y fuera de nuestras fronteras, vino a visitar nuestra ciudad para cumplir con un deseo que, en ningún caso, resultaba ocasional para la intención del monarca, pues ya estaba en la mente e idea de Carlos –y desde el inicio del reinado– el desplazarse a la ciudad de Granada. En tal sentido, y desde muy temprana fecha –corría el año de 1518–, expresó igual interés en carta real enviada a su firme valedor el cardenal Cisneros (aquel a quien por el azar no conoció) manifestándole su idea de visitar la ciudad más emblemática de la acción política del reinado de sus abuelos. Como también, de modo posterior, se reafirmó en igual sentido según carta escrita en el año de 1525 a Martín de Salinas, sin que tampoco por ésta una segunda vez fuera cumplido el objetivo.
No fue, por tanto, y tras las ya citadas bodas sevillanas en los Reales Alcázares, cuando la ya expresada decisión del monarca hubo de convertirse en una realidad. Para todo lo cual jugaron su peso una serie de factores que, y por su razón, bien pueden explica aquella historia pasada: de un lado –y es una cuestión práctica–, se debe de señalar cómo la entonces recién declarada peste en el iniciado estío de la abierta, calurosa, y mercantil ciudad de Sevilla hacía aconsejable la salida (y huida) de la comitiva regia hacia lugares con un clima más benigno y de una mayor seguridad médica. De otra parte –en una segunda lectura que no resulta de una menor importancia–, se debe comprender el carácter viajero de una monarquía aún itinerante y que aconsejaba hacer presente a su figura como la expresión máxima del poder mediante la visita del rey ante el pueblo y que, en el caso de Granada, se convertiría en todo un símbolo de fuerza ante una ciudad entonces aún patentemente islámica en donde la llegada imperial vendría a plasmar la intención política de la obligada integración de sus habitantes con el resto de los súbditos castellanos. Y Granada acogió la proyectada visita y residencia real tanto con entusiasmo como también con nervios. Así, y para estar a la altura que requerían las circunstancias, partieron heraldos del Concejo de la ciudad con destino a las de Córdoba y Sevilla con el fin de informarse de lo realizado en aquéllas para, al menos, igualar los recibimientos hechos en otros puntos de Andalucía al emperador.
Carlos V en el monasterio de Yuste. (Xilografía de Friedrich Exter. Biblioteca Nacional de Viena).A tal fin fueron compradas telas nobles, diversos palios con los que ornamentar las calles y plazas, se arreglaron y adecentaron puntos del diseñado recorrido e itinerario –tales como el camino vecinal de Santa Fe, las puertas de Elvira y de Guadix o el Prado de San Sebastián– y, a su vez, dentro de la ciudadela de la Alhambra, se inició en la zona del Mexuar la habilitación de diversas dependencias en las que acoger a la pareja regia y su Corte más cercana. Mientras que, ya en Granada ciudad, se prepararon fondas y pensiones para alojar al numeroso séquito de acompañantes. Las disputas habidas sobre las posibles preminencias protocolarias –marcadas siempre en una ciudad compleja como es Granada– fueron dirimidas y zanjadas por el propio emperador que, y a tal fin, hubo de terciar en el asunto para enviar una carta real en la que adoptó la decisión de ceder las únicas y primeras palabras de salutación al capitán general Mondéjar que, y en nombre de todos, debía de recibir públicamente a los monarcas.
Sin embargo, y pese a todo preparativo, la característica improvisación local hizo su aparición desde el primer momento. Así, y llegada la comitiva regia el día 1 de junio a la vecina Santa Fe, hubo de pernoctar en ella cuatro noches en las que los emperadores habitaron la casa del cura párroco de la cercana localidad por no estar aún preparada la ciudad para el recibimiento de los reyes. E incluso, y una vez entrados en Granada, la falta aún de reparación de la Alhambra hizo necesario disponer con toda prisa del conjunto monacal de San Jerónimo por no estar habilitada la vieja fortaleza árabe para acoger a tan ilustres huéspedes. Pese a todo, y al atardecer del día 4 de junio del año 1526, ante la Puerta de Elvira fueron recibidos en Granada el emperador Carlos y la emperatriz Isabel, por donde –y tras la correspondiente salutación y el juramento de fidelidad pronunciado por Luis Hurtado de Mendoza– entraron en la ciudad revestidos de las capas de armiño y pedrerías regaladas por el Concejo a los monarcas. La calle principal de la Granada de entonces –la Zanala Elvira– se encontraba engalanada de telas nobles de seda o iluminada por las antorchas que, portadas por una ingente muchedumbre ansiosa por la visión ante el espectáculo, rodearon al cortejo y alzaron sus voces en las que, y al grito, se entremezclaban la algarabía del morisco con los dichos del castellano viejo. 8 Tal fue, quizá, el encuentro más real de los monarcas con la verdadera esencia de la ciudad, pues, y según cuentan las crónicas, quedaría marcada la profunda huella que causó en el ánimo del emperador la aún fuerte presencia musulmana en una Granada que –y hacía bien– había sido forzada a abandonar sus señas más características del pasado islámico por la obligada imposición del cristianismo.
Así, y desde la entendida premisa de la necesaria uniformidad ideológica de los súbditos –uno de los rasgos esenciales en la absolutización del poder–, se puede entender cómo en Granada, y desde Granada, fueron trazadas por Carlos las políticas que obligaron, ya de un modo impuesto, a la integración definitiva de la minoría morisca en el conjunto castellano tras la realizada convocatoria en la Capilla Real de la Junta de la Santa y Suprema Inquisición, para conminar a éstos a la definitiva asimilación con la mayoría cristiano/castellana del resto de los súbditos, dándole plazo definitivo a su incorporación. Pero la larga estancia real –de unos seis meses y seis días– permitió también otros negocios y ocios. Así, y la primera tarea: la dedicación a la alta política cabe destacar las negociaciones en la Alhambra con los diversos embajadores de Francisco I de Francia que, capturado tras la batalla de Pavía, era retenido como rehén en Madrid con el fin de pactar una paz duradera con los galos, intentando un sueño, y que nunca sería cumplido por su adversario, como el tiempo posterior bien pudo demostrar. Y Granada también recibió, y de la mano del emperador, un esencial empuje que hubo de marcar a su devenir futuro. Así, y cerrando el elemento integrador de la minoría ya puesto en marcha mediante la creación de instituciones educacionales y de doctrina, Carlos V en su estancia impulsaría la fundación de la Universidad de Granada que, con iguales prerrogativas a las pares de Alcalá, Salamanca, Bolonia y París, se convertiría al tiempo en una de las señas más características de la ciudad.
Reloj de torre del siglo XVI. El emperador fue un gran aficionado a los relojes, a cuya pasión se consagró en su retiro de Yuste. Con ello entroncaba Granada con el momento ideológico y cultural del Humanismo y Renacimiento –el más pujante de la época– y que recibió su definitivo empuje al abrigo de la Corte de ilustres personalidades que acompañaron al monarca en su Corte alhambreña, llenando con su actuación a un mundo literario y artístico sin precedente en nuestro Sur. Así, no debemos de olvidar cómo fue en la Alhambra en donde el genio de Garcilaso, y de la mano de Boscán y Castiglioni, introdujo en nuestra literatura el gusto literario petrarquizante al hacer la nueva poesía. Cómo también Granada, y de la mano del emperador, recibió el más significativo empuje artístico de su historia al plasmar en ella Carlos su proyecto esencial de ciudad palatina, así, y en buena prueba de ello, se alza hoy el bello palacio renacentista de Carlos V que, edificado en el eje esencial de la fortaleza musulmana, refuerza el símbolo de un poder imperial ejercido desde una ciudad pensada y proyectada en su día como la cabeza y capital del Imperio.
De igual modo, la idea y proyecto imperial son reforzados por el empuje dado a la terminación del conjunto catedralicio y, muy en especial, dentro del monumento a la construcción de la girola que fue diseñada por Carlos como su lugar de último enterramiento, abandonando con ello la intención de utilizar el espacio de la Capilla Real. Granada fue, por tanto, proyectada como panteón de reyes y ciudad de un imperio. A todo lo cual se sumaron actuaciones tales como la definitiva construcción del Hospital Real, la de la Curia Eclesiástica –en la que acoger la recién creada Universidad–, las reformas impuestas en los varios espacios reales de la Alhambra, el alzado del pilar de Carlos V, la edificación de la Puerta de las Granadas o la dotación de la Imperial Iglesia de San Matías. Convirtiendo a nuestra ciudad, y por el impulso dado, en un verdadero y real laboratorio del clasicismo. 8 Por fin, y con la llegada de noticias alarmantes de Europa, fue necesaria –era ya entrado el otoño– la marcha del emperador Carlos V para atender a la política internacional del Imperio para no regresar nunca más a Granada. Sin embargo, su presencia en nuestra ciudad marcaría una huella indeleble, y aún viva, de uno de los momentos de mayor esplendor en nuestra Historia.
Carlos V- Quinto Centenario