Carlos V- Quinto Centenario  

 

GRANADA, centro de la monarquía hispana

Antonio Luis Cortés Peña
Profesor de Historia Moderna

Importantes fueron las razones por las que la conquista de Granada se convirtió en un símbolo para toda Europa desde el mismo día 2 de enero de 1492. Buena prueba de ello fue la repercusión que la noticia tuvo en las principales ciudades de la cristiandad Occidental; los repiques de campanas, la celebración de Tedeums y de distintos actos litúrgicos de acción de gracias, las fiestas organizadas, las manifestaciones literarias... se extendieron por doquier y la alegría fue denominador común para unos europeos que sólo medio siglo antes había visto caer en poder de los turcos otomanos la mítica Constantinopla. El potencial peligro que esta acción representaba pronto se iba a percibir como una realidad con el avance de sus ejércitos a través del territorio de los Balcanes, vía de acceso directo al corazón del continente. La otra vía era el Mediterráneo y también muy pronto hicieron peligrosamente su aparición las naves turcas; la conquista de Otranto (1480), en el sur de Italia, despertó la alarma en la misma Roma y no dejó de ser contemplada por la astucia política de Fernando de Aragón como una auténtica cabeza de puente para intentar el dominio de la península italiana y el control del Mediterráneo occidental, algo totalmente opuesto a los intereses de la Cristiandad y, también, a los suyos propios, pues no en vano aspiraba a ser el amo y señor de ese espacio estratégico; de ahí su empeño en la reconquista de la ciudad italiana (1481). Si con anterioridad existía alguna vacilación, desde ese preciso momento y solucionados los problemas sucesorios y las alteraciones sociales de los primeros años de su reinado, la decisión de emprender la guerra de Granada, último bastión del Islam hispánico y, por tanto, posible aliado del imperio turco, arraigó profundamente en el ánimo de los Reyes Católicos, hasta el punto de emprender de inmediato una costosa y larga contienda en la que no cejaron hasta verla culminada con la toma de la capital del reino nazarí.

Por otro lado, la conquista granadina también iba a suponer un acontecimiento trascendental en la recién inaugurada Monarquía hispánica al convertirse en una firme base en la consolidación de la misma. Y esto sucedió no sólo porque la Corona de Aragón ayudó y se solidarizó con la de Castilla en el desarrollo bélico –diez años–, sino porque el éxito de la empresa fue el que en verdad permitió la ambiciosa política exterior iniciada a continuación por los monarcas, aunando el ímpetu expansivo castellano con los tradicionales intereses catalanoaragoneses en la cuenca mediterránea. Fueron estas tareas comunes las que propiciaron el inicio de un proceso de formación de un Estado que aún había de atravesar una singladura procelosa; por ello, entre otros motivos, que estuviera plenamente justificada la inclusión del símbolo del último reino incorporado al escudo de la Monarquía.

Fernando e Isabel eran conscientes de la gran importancia que había supuesto adueñarse de Granada. Significaba el fin de una frontera peninsular con el Islam y, junto a ello, obtener un prestigio internacional tal que los convertía en uno de los más firmes puntales de la defensa de la Cristiandad frente a los turcos, logrando, además, que su voz se escuchase cada día con mayor respeto en las diversas cortes europeas, particularmente en las italianas. De hecho esto llevaba consigo desempeñar un nuevo papel de protagonismo en el panorama político internacional, para el que, entre otras actuaciones, parecía obligado asentar su soberanía o, al menos, su supremacía en los territorios del norte de Africa, pues todavía el Mediterráneo, con su centro en Italia, era el eje fundamental sobre el que giraban las relaciones de poder entre las principales potencias de la época.

En todo este complicado juego de alta política, Granada era una pieza de alto valor estratégico, valorada así por los propios monarcas y, como consecuencia, destinada a ser uno de los puntos neurálgicos de la Monarquía; de ahí que los monarcas dedicaran especial atención a la organización del reino, tarea que emprendieron ya antes de finalizar la guerra, dotándola de una serie de organismos que hicieron de la capital la más importante ciudad político-administrativa al sur del río Tajo. El establecimiento en ella de la Capitanía General del reino, de la Real Chancillería y de un Arzobispado se completó con la representación en Cortes que se le otorgó, así como el puesto privilegiado que en las mismas se le concedió. Esta actitud de considerable reconocimiento manifestada por los reyes culminó con la elección que hicieron de ella como lugar de su enterramiento; quizás no quepa mayor prueba que ésta en cuanto a su afecto por la ciudad y, sobre todo, de la trascendencia que concedían a la antigua capital nazarí por ellos conquistada como centro de esa Monarquía hispánica nacida con ellos, una nueva potencia, posiblemente destinada en sus sueños a ejercer un papel hegemónico en el mundo mediterráneo. Sin embargo, a lo largo de la historia, se ha visto en numerosas ocasiones cómo aquellas predicciones que se imaginaban sucesos ciertos para el futuro, no se cum- plían ante la aparición de otros hechos que invalidaban los supuestos pensados en el pasado. En el caso de Granada, uno de estos hechos iba a tenerla como primer escenario; me refiero al descubrimiento de América, cuya gestación tuvo lugar en estas tierras con la culminación de la firma de las capitulaciones de Santa Fe que posibilitaron la empresa colombina. Otro fue la inesperada llegada a la cabeza de la Monarquía de una nueva dinastía, la Casa de Austria, que sólo la fatalidad, la muerte de los primeros herederos, un Trastámara y un Avís, la hizo posible.

Las posibilidades abiertas por los asombrosos descubrimientos determinaron que, paulatinamente primero, con acelerada rapidez después, el Mediterráneo cediera su protagonismo al Atlántico de un modo incontestable; la llegada de los Habsburgo (Casa de Austria) al trono hispánico, con sus marcados intereses en el centro y el norte de Europa, también sirvió para desviar las prioridades hacia otros lugares no previstos en un principio. La conjunción de ambos acontecimientos resultó definitiva para el porvenir de una Granada surgida de un pasado islámico medieval y que conocía en aquellas décadas un proceso traumático de incorporación al Occidente europeo. No obstante, la ciudad de la Alhambra, de momento, mantuvo su rango como capital emblemática del inicio de una nueva andadura política. Como un ejemplo más de los azares de la historia, iba a ser precisamente el segundo de los monarcas de la nueva dinastía, Carlos I, ya emperador, quien por seis meses asentara aquí su Corte y, en consecuencia, los más importantes instrumentos de su gobierno, convirtiéndola de este modo en centro indiscutible de la Monarquía hispánica y núcleo de particular atención para todos los integrantes del Imperio carolino y, en realidad, de todo el occidente europeo. La razón del viaje, como se explica con más detalle en otras colaboraciones de estas páginas, estuvo en el matrimonio del joven monarca con doña Isabel de Portugal, celebrado en Sevilla durante la primavera de 1526. El acontecimiento determinó una larga estancia de la pareja regia en Andalucía, con breves escalas en algunas de sus más importantes ciudades –Córdoba, Archidona, Alcalá la Real, Ubeda, Baeza...–, que incidió de modo especial en Granada, donde se instaló la Corte durante medio año –junio a diciembre de 1526–. La realidad es que tan larga permanencia no estaba prevista, ya que, en principio, se había proyectado una visita de no excesiva duración en su camino hacia el Mediterráneo con objeto de embarcar hacia Roma, donde Carlos esperaba, con verdadera ansiedad, ser coronado emperador por el papa Clemente VII. Los acontecimientos internacionales fueron los que variaron este

A lo largo de seis meses la ciudad de la Alhambra pasó a ser uno de los principales focos de la política europea. La alta diplomacia y los forcejeos carolinos frente a las alianzas que se fraguaban contra el vencedor de Pavía –no se olvide que en enero había sido puesto en libertad el rey francés Francisco I– tuvieron a Granada, en el lado hispánico, como escenario fundamental. El 22 de mayo se había formado la Liga de Cognac o clementina, auspiciada por el pontífice –una nueva Santa Liga–, falsamente dirigida contra los otomanos, pero en realidad creada para frenar el ascendente poder del emperador; es en esta ciudad donde Carlos V recibe un breve, fechado el día 23 de junio, en el que el Papa le conmina a aceptar las imposiciones de los aliados –en contra del tratado de Madrid, firmado por el rey francés– o atenerse a las consecuencias, es decir, la guerra. Y en ella también donde se produce la enérgica respuesta imperial –memorial de 17 de septiembre– rechazando la actitud del pontífice como poco acorde con su papel de cabeza de la Cristiandad y proclamando la necesidad de un concilio reformista, lo que originaría la expresión de Valdés, hace poco recordada por el hispanista francés Joseph Pérez de que el Papa daba la impresión de ser «no padre, sino parte, no pastor, sino invasor». Mientras tanto, se había producido el desastre de Mohacs, que, con la muerte de Luis II de Hungría, había ocasionado el dominio de gran parte de este reino por las fuerzas turcas.

Quizás en ningún otro momento de su historia la ciudad ha desempeñado un mayor protagonismo en la esfera internacional. No se trataba sólo de las importantes decisiones que desde ella tuvieron que ser tomadas por Carlos y sus consejeros, sino del trasiego permanente del alto personal que se vio obligado a visitarla y que encontró en su abigarrado paisaje urbano, incluidas sus gentes, una tierra insólita que comenzaba a aglutinar, no siempre con acierto, el exotismo islámico con el naciente Renacimiento europeo. El mundo variopinto de la Corte, en el que se mezclaban políticos, militares, eclesiásticos, diplomáticos..., muchos de ellos a la vez representantes del mundo de la cultura, se acomodó dentro de su recinto, no sin plantear algunas dificultades dadas las numerosas viviendas que fue necesario habilitar. No faltaron las incomodidades, pero, a la vez, Granada se transmutó en fragua en la que se iban a forjar no pocos sueños de todo tipo, algunos de gran trascendencia para la posteridad. Con ser importantes estos sucesos, la presencia del emperador en nuestra ciudad aún tuvo mayor relevancia para el futuro cultural de la misma. El motivo esencial radicó en la dirección política que imprimió al principal problema, aún sin resolver, de la sociedad granadina, el problema morisco, lo que fue determinante para el desarrollo de un ambicioso programa educativo que tuvo como piedra angular la fundación de la Universidad granadina, un inapreciable legado carolino para la posteridad.

Familia de Carlos V orando. (Pompeo Leoni. Bronce. El Escorial. Madrid).

No quisiera terminar sin aludir a uno de los tópicos de la historia de la ciudad más extendidos entre los granadinos; me refiero a la creencia de que Carlos V tuvo la intención de hacer de Granada la capital de su Imperio por lo que ordenó la construcción del palacio que lleva su nombre en la colina de la Alhambra. Pienso, aunque puedo estar equivocado –y, por tanto, dispuesto a rectificar si se me demuestra lo contrario–, que esta afirmación en su estricto sentido no deja de ser más que una manifestación bienintencionada, que contiene un cierto espíritu de chovinismo local, pero que está alejada de la realidad del momento histórico. Las razones de mi postura son diversas, aunque sucintamente se pueden sintetizar así: En primer lugar, capital del Imperio, nunca, ya que los territorios hispánicos no formaban parte del Imperio propiamente dicho, en cuyo suelo, por otra parte, durante aquel período ninguna ciudad tenía el rango de capital. Podía haberlo sido de la Monarquía hispánica, pero tampoco lo fue, dado el carácter itinerante que todavía tenía la Corte, entre otras razones por la creencia que se tenía de la necesidad de que los reyes fuesen vistos, visualizados, por la mayor parte posible de sus súbditos; además, en unos momentos en los que aún conservaban una fortísima personalidad cada una de las Coronas que la integraban e, incluso, la autoridad de los monarcas todavía debía de moverse con ciertos cuidados y sutilezas, difícilmente se podían dar los pasos necesarios para fundar una capitalidad. El argumento de la construcción del palacio no tiene fuerza, ya que eran varias las ciudades que se embellecían con la existencia de alguna residencia real. Lo evidente en este caso es, por un lado, la fascinación que Granada debió ejercer sobre el emperador; por otro, el posible deseo de reafirmar plásticamente el nuevo poder por él representado sobre el pasado exótico tan visible en su fisonomía.

Ahora bien, todo ello no es incompatible con el hecho de considerar que Carlos V viera la ciudad de Granada de un modo especial. Nos inclinamos a pensar que la contemplara como clave –pilar y cierre– de la Monarquía fundada por sus abuelos, base indudable de la posterior hegemonía española en Europa, aunque de un modo bien diferente al pensado por don Fernando, auténtico manipulador de las relaciones internacionales de su época. Por ello, la decisión de Carlos de no sólo respetar la voluntad de sus abuelos, sino de proyectar aquí el panteón de su dinastía entraba dentro de la más pura lógica política y sentimental, por el papel que había representado Granada como primer centro aglutinante de la Monarquía hispánica.

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