Carlos V- Quinto Centenario  

 

El palacio del Emperador

 

Interior del Palacio de Carlos V en la Alhambra. (Foto: Alfredo Aguilar)

José Manuel Pita Andrade
Catedrático emérito de la Universidad de Madrid

Carlos V quiso tener en Granada un punto de reposo y para ello ordenó la construcción de un emblemático palacio en el corazón de la Alhambra, llamado a convertirse en la Casa Real Nueva, yuxtapuesta a la Casa Real

El 20 de julio de 1500 moría en Granada un nieto de los Reyes Católicos, el príncipe Miguel (su féretro yace en la cripta de la Capilla Real), que hubiera heredado las coronas de Portugal, de Castilla y Aragón; con su muerte fracasó la unificación de todos los reinos de la Península Ibérica. Pero unos meses antes, el 24 de febrero, había nacido en Gante otro nieto que lo era además de Maximiliano de Austria e iba a recibir una vastísima herencia, convirtiéndose en el más grande monarca de Europa: Carlos iba a ser primero de este nombre (desde 1517) como rey de España y quinto (desde 1520) como emperador de Alemania; un azar quiso que cambiara de signo nuestra Historia. Y he aquí que este ser excepcional, que no pudo hallar en su existencia (hasta que abdicó) un punto de reposo, quiso alcanzarlo en Granada ordenando la construcción de un emblemático palacio en el corazón de la Alhambra, llamado a convertirse en la Casa Real Nueva, yuxtapuesta a la Casa Real Vieja de los reyes nazaríes. Tras casarse en Sevilla, en marzo de 1526, con su prima Isabel de Portugal, acarició esta idea en los felices meses (entre junio y diciembre) de una luna de miel que pasó al pie de Sierra Nevada, en aposentos levantados entre los cuartos de Comares y de los Leones; en ellos fue seguramente concebido Felipe II. Sorprende que la emperatriz, al parecer sintiéndose incómoda, acabara trasladándose al flamante monasterio de San Jerónimo. En nuestra ciudad el emperador vivió un largo semestre, gozoso en lo que concierne a sus relaciones con la exquisita Isabel, pero denso y tenso en actividad política, afrontando graves asuntos. Nunca habían coincidido en Granada tantas personas relevantes. Aquí se reunieron embajadores de los más diversos Estados (desde Polonia a los de Italia, pasando por Inglaterra y Francia), humanistas, cronistas y grandes poetas. Interesaría sobre todo poder calibrar la huella que pudo dejar en Carlos V el encuentro con gentes que se habían asomado a ese maravilloso movimiento artístico que alumbró la Edad Moderna, que tuvo su epicentro en Roma y que llamamos Renacimiento. Es difícil medir el alcance de sus relaciones con algunos de estos personajes; con los diplomáticos italianos no debieron ser muy cordiales; con el nuncio, el refinado Baltasar de Castiglione, debieron ser malas, porque con el Papa Clemente VII eran pésimas. La realidad es que hasta entonces la mentalidad del emperador había estado mucho más cerca del mundo nórdico que del mediterráneo. Hay que preguntarse cómo se gestaría la idea de plasmar, en un edificio erigido en el corazón de la Alhambra, ideales artísticos de Occidente, en un escenario donde pervivían las más ricas esencias de Oriente.

Pensando en la empresa que nos interesa, habrá que valorar como decisivos los contactos que hubo de tener Carlos V con el gobernador de la Alhambra, don Luis Hurtado de Mendoza, destacado miembro de una familia que había contribuido decisivamente a la introducción del Renacimiento en España. Su padre, don Iñigo López de Mendoza, segundo conde de Tendilla, tras sus actividades diplomáticas en Roma, había iniciado la presencia de este linaje en Granada al frente del recinto palatino, desarrollando una fecunda labor en la transformación de la ciudad, fomentando la llegada de artistas y obras desde Italia. Don Luis le sucedió en 1512 y es muy probable que quedara en sus manos la concreción del proyecto. Su realización corrió a cargo de Pedro Machuca, arquitecto y pintor de estirpe hidalga, cuyos ascendientes habían estado ya al servicio de los Mendozas. Se había formado en Italia (allí, en 1517, firmó un cuadro, hoy en el Prado, llamándose español, toledano) y desde 1520 se documenta en Granada. Nos asomaremos a un interesante diseño suyo de 1527. Se trata de un plano grande en el que destaca un sólido edificio de planta cuadrada, con crujías compartimentadas, en el que se inscribe un patio circular disponiéndose además, en un ángulo, una pieza octogonal destinada a «capilla». En este gran plano se preveían además, frente a tres de las fachadas del Palacio, amplias plazas rectangulares, porticadas en los lados de Poniente y Mediodía, a las que que se abrían aposentos, dando vida a lo que llamaríamos «casas de oficios». Se respetaba, por el lado oriental, la zona ocupada por la iglesia, pero teniendo en cuenta que por esta parte arrancaba una crujía, con cinco piezas entre las que resaltaba la destinada a «cocina». El amplio espacio que se reservó en el recinto de la Alhambra para dar vida a este vasto conjunto afectaba, obviamente, a calles (entre ellas la llamada Real) y casas de poca entidad. Sólo una mínima parte de las residencias reales nazaríes quedó dañada por la nueva construcción, situada al Sur de aquéllas y tangente por sus lados Norte y Este con los cuartos de Comares (del que pudieron destruirse algunas piezas) y de los Leones.

Partiendo de cuanto se intuye en el gran plano, hemos de reconocer que aquel ambicioso proyecto acabó frustrándose. El emperador pudo contemplar, en 1532, una maqueta en madera del palacio, desgraciadamente perdida. Las obras se iniciaron al fin al año siguiente, financiándose gracias a una fuerte contribución de los moriscos que, merced a ella, podían conservar parte de sus costumbres, lengua e indumentaria. No es posible seguir aquí el proceso de la construcción, ni adentrarnos en los múltiples problemas que planteó su estudio. Las obras fueron avanzando con lentitud. En 1539, con la muerte de la emperatriz, se frustró la esperanza de Carlos V de volver con ella a Granada, aunque aquí llegaron sus restos. Cuando murió Pedro Machuca, en 1550, estaban concluidos los muros de la capilla y la admirable bóveda estrellada de su cripta, así como buena parte de las fachadas meridional y occidental y sólo sacado de cimientos el bellísimo patio circular, que completó su hijo Luis con dos cuerpos de nobles columnas y una bóveda anular, también admirable. Pero el emperador, que tenía entonces que hacer frente a graves «negoçios forçados», ya había perdido interés por aquellas obras, condenadas a quedar inacabadas, como otras empresas suyas. El profesor Cepeda supo expresarlo en emotivas páginas: el inconcluso palacio acabó siendo «símbolo de una frustración» más, entre las muchas que hubo de afrontar, con resignado heroísmo, en su vida. Con palabras de Quevedo recordemos su «retirada más valiente» cuando «se retiró a sí mismo/el postrer día» en el monasterio de Yuste, donde murió, dos años después, en 1558.

En tiempo de Felipe II los trabajos continuaron, quedando al frente de ellos, después de Luis Machuca y tras un paréntesis, otros maestros como Juan de Orea y Juan de Minjares, sin olvidar la intervención de diversos escultores. El monarca, con su gran arquitecto Juan de Herrera, impuso algunos cambios. Todavía tuvieron lugar diversas actuaciones entre los siglos XVII y XIX. Pero el destino quiso que el edificio llegase hasta el XX sin cubrir, quedando (hasta los años treinta) sus cuatro desnudas fachadas, los muros y paredes maestras interiores, el octógono de la capilla y el limpio anillo del patio con su doble columnata, como la más noble y bella ruina del Renacimiento de dentro y de fuera de España. Numerosos investigadores se interesaron por esta obra; seleccionaremos los nombres de los Gómez-Moreno, Gallego Burín, Rosenthal (autor de una admirable monografía sobre el edificio), Tafuri y Galera Andreu.

Asomemonos, fugazmente, al impresionante conjunto tal como llegó a nuestro siglo. Tendríamos que fijarnos, sobre todo, en sus cuatro fachadas y en el patio circular. Pero nos detendremos sólo en dos de aquéllas: en la occidental y en la meridional, con sus bellas portadas. Bastan para ver en ellas el triunfo del Renacimiento que llamaremos «purista», en oposición al «plateresco» del período anterior, donde la decoración impedía valorar los elementos ropiamente arquitectónicos. En el cuerpo bajo, los sillares almohadillados dan una sensación de reciedumbre, que se pierde en el cuerpo superior con las pilastras jónicas que flanquean los balcones. En los centros destacan las dos bellas portadas, con columnas adosadas entre las que se distribuyen los huecos. Tienen enorme interés los relieves (debidos a Niccolo da Corte y otros maestros), repartidos en pedestales, clípeos, tímpanos y frontones, con asuntos históricos y mitológicos, alegorías, emblemas y temas heráldicos. Se desarrolla así un complejo programa iconográfico, con trasfondo simbólico, en el que se percibe el designio de enaltecer la figura de Carlos V, heredero del «Sacro Romano Imperio». 8 Concluyamos aludiendo a los trabajos de restauración realizados en nuestro siglo. Pueden inscribirse en tres etapas: antes de 1936, durante el franquismo y en la última década; en todas hubo grandes aciertos y algunos desaciertos; a veces se hizo y se deshizo más de lo necesario. Por constituir una grave agresión al «decoro» (que tanto preocupaba a los hombres del Renacimiento) nos limitamos sólo a considerar como aberrante y distorsionante la decisión de arrancar la carpintería de las ventanas en el cuerpo bajo y de sustituirlas por vidrios que contrastan con la que, por fortuna, subsiste en el superior. A pesar de los errores (que deberán remediarse) la rehabilitación del edificio consiente que pueda cumplir diversas funciones, sobre todo de carácter museográfico. Celebremos que en su planta noble perviva (desde 1958 y en su marco adecuado, que merece potenciarse con la mayor generosidad) el Museo Provincial de Bellas Artes y que en la baja (como fruto de los trabajos realizados a partir de 1994), el llamado Museo de la Alhambra se haya instalado espléndidamente, aunque, por decisión miope, sustituyese en 1986 al titulado Museo Nacional de Arte Hispano-Musulmán, creado en 1962 y concebido para cumplir unos fines mucho más amplios en espacios mayores.

 
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