Carlos V- Quinto Centenario
La relación con AMÉRICA
Miguel Molina Martínez
Los años que discurren entre el nacimiento y la muerte de Carlos V (1500-1558) constituyen un verdadero hito en las relaciones entre España y América, así como una transformación profunda de aquellas posesiones ultramarinas
Catedrático de Historia de América. (Universidad de Granada)A la trepidante actividad descubridora y exploradora de los primeros años de la centuria siguió, desde 1520 hasta mediado el siglo, una frenética e
ininterrumpida política de conquistas. Las tierras caribeñas que Carlos V heredó fueron ampliamente rebasadas tras la ocupación de los inmensos estados azteca e inca y sus espacios aledaños. El resultado no fue otro que la configuración de una monarquía, de dimensión oceánica, cuyos límites territoriales no tenían parangón con los de ningún otro Estado y la formación de un imperio que con bastante propiedad bien puede calificarse de universal. Cabría preguntarse por el papel que jugaron Granada y sus gentes a lo largo de este período en lo tocante a los hechos americanos. En efecto, diversas circunstancias concurrieron a lo largo de su gobierno que propiciaron el protagonismo granadino con relación al Nuevo Mundo: personajes fundamentales como el virrey Antonio de Mendoza o los conquistadores Jiménez de Quesada y Pedro de Mendoza están en la mente de todos. La difusión de la sericultura en México, la promulgación de una normativa a favor del indígena, la existencia de una práctica evangelizadora directamente relacionada con la utilizada con la población morisca o la adopción de estilos artísticos como el mudéjar, así como la influencia ejercida por figuras como Diego de Siloé permiten considerar con sobrados argumentos que en tiempos de Carlos V la huella granadina en América fue profunda. Desde el punto de vista de las relaciones Granada-América, el año del nacimiento de Carlos V está marcado por un hecho relevante: La presencia en estas tierras de Cristóbal Colón, que es recibido por los Reyes Católicos en la Alhambra. Este momento coincidió con la perdida de los privilegios tan arduamente conseguidos ocho años antes en Santa Fe y el inicio de una nueva política americana, determinada por la licencia general para acometer nuevos descubrimientos. El fin de la exclusividad colombina coincidió, además, con la firma en Granada de capitulaciones que permitieron a otros marinos (Alonso de Ojeda, Yáñez Pinzón, Diego de Lepe, etc.) surcar el Atlántico. Una estancia dominada por la amargura y el fracaso, por la desilusión y el pesimismo, que Colón trató de aliviar trabajando en la redacción del Libro de las profecías. Una obra en la que recogía fragmentos de la Biblia y los relacionaba con sus descubrimientos y designios. Con evidente espíritu providencialista, establecía claros vínculos entre la rendición de Granada y la reconquista de los Santos Lugares. Al pie de la Alhambra, antes de abandonar Granada en octubre de 1501, concibió el proyecto del que sería su cuarto y último viaje. Fernando e Isabel aceptaron de buen grado esta iniciativa, pensando, sin duda, que era el mejor modo de desembarazarse de un postulante, ya incómodo.
Entrevista de Carlos V y Pizarro. (Angel Lizcano). Tras los Reyes Católicos, la Corte no volvería a establecerse en Granada hasta mediados de 1526, cuando precisamente Carlos V decidió instalarse en la ciudad tras su reciente boda en Sevilla. Al margen de lo que ello supuso para la transformación urbanística granadina, en lo tocante a América esa fecha sugiere inmediatamente la firma de una real cédula para la protección del indio. Las continuas denuncias de Bartolomé de las Casas acerca de los abusos de conquistadores y encomenderos hicieron mella en la conciencia del emperador.
El resultado fue la promulgación de esta ordenanza en Granada, según la cual los indios no podrían ser llevados a trabajar a las minas en contra de su voluntad, se prohibía la esclavitud indígena y para las sucesivas expediciones de conquista se obligaba a embarcar un determinado número de religiosos para vigilar y controlar mejor los tratos con la población aborigen. Fue voluntad del monarca que estas disposiciones se incluyeran en las capitulaciones de las inmediatas conquistas y esta es la razón por la que su texto apareció ampliamente recogido en la que firmó Pedro de Mendoza para la conquista del Río de la Plata en 1534, otorgándole un sentido misional del que carecieron otros textos anteriores. La realidad posterior, sin embargo, puso de manifiesto que la preocupación del rey no logró los efectos esperados y ello dio motivo a una nueva legislación proteccionista aún más radical en 1542.
En el ámbito de las relaciones con la población indígena, la experiencia granadina brinda uno de los modelos más extraordinarios por la similitud de situaciones y políticas puestas en práctica. Resulta muy revelador comprobar cómo los métodos de evangelización y asimilación de las sociedades vencidas en Granada y en América fueron bastante coincidentes. De hecho, la actuación seguida con el morisco y el indio, los mecanismos empleados para su incorporación al mundo hispano y su integración socio-económica presentan indudables paralelismos. Incluso puede afirmarse que la forma de proceder en América hunde sus raíces en la propia experiencia granadina. Ya es significativo que el Patronato de Indias se inspirara en el otorgado al Reino de Granada y, asimismo, que influyentes figuras de la vida granadina se encargasen de llevar al otro lado del Atlántico las maneras y las formas que poco a poco iban definiendo a la Granada renacentista que tanto debe a Carlos V. Pocos casos tan esclarecedores, en este sentido, como el del dominico fray Alonso de Montúfar. Nacido en Loja en 1489, fue el segundo arzobispo de México (1551-1571). Su actividad evangelizadora entre la población morisca fue decisiva para desplegar luego su labor en tierras americanas. Fiel seguidor del arzobispo Hernando de Talavera, prestó una atención primordial a la institución de escuelas para el aprendizaje de la lengua autóctona en México. Otro tanto cabe decir de fray Bartolomé de Ledesma, que sería obispo de Oaxaca, y del franciscano fray Juan de Granada, que misionó también en tierras aztecas. 8 Las directrices generales emanadas desde la Corona tendieron a la implantación de un modelo político encaminado al fortalecimiento del Estado en América y al debilitamiento de los aspectos señoriales y feudales que trataron de perpetuar la primera generación de conquistadores y pobladores. La creación de los virreinatos de la Nueva España (1535) y del Perú (1542) fue el exponente más claro de las ideas centralizadoras del gobierno de Carlos V. Uno de los personajes encargados de plasmar en América estas nuevas ideas fue Antonio de Mendoza. Aunque nacido en Alcalá la Real, Mendoza se formó en el marco socio-político que configuró la Granada cristiana y en el contexto de una realidad cultural mixta, donde la aculturación y la integración eran básicas en la definición del Estado moderno.
Miembro de una familia de primerísimo orden en la ciudad, Mendoza viajó a Flandes a rendir vasallaje al príncipe don Carlos, asistió en Bolonia a la coronación del emperador, participó activamente a favor de Carlos V en la guerra de las Comunidades y en 1528 ocupó la presidencia de la Cámara Real. Fue nombrado virrey de México en 1535 y en aquellas tierras desplegó una vastísima labor en prosecución del afianzamiento del papel del Estado. Además, la impronta granadina tuvo un protagonismo indiscutible a lo largo de su gobierno.
Tal ocurre con su actuación para potenciar la industria de la seda en tierras mexicanas y difundirla entre la población indígena. El recuerdo del f
loreciente desarrollo que la misma tuvo en Granada le impulsó a poner en marcha medidas tales como la elaboración de las ordenanzas sobre el modo de labrar géneros de seda, inspiradas en las ordenanzas de la seda de Granada de 1526, y a proponer el envío de familias moriscas a México para enseñar el arte de la seda. Desde el punto de vista urbanístico, el virrey dio cumplida respuesta a las actuaciones de su padre, Iñigo López de Mendoza, y su hermano, Luis Hurtado de Mendoza, en Granada. Levantó iglesias y conventos, fundó las ciudades de Valladolid, Guadalajara y Querétaro y dispuso el ordenamiento de otras como Oaxaca, Puebla y la propia capital mexicana. El denominado «estilo Mendoza» es una suerte de eclecticismo donde lo gótico y lo italiano se funden con lo mudéjar. Sus respuestas arquitectónicas tienen presente la problemática indígena y su integración en la sociedad hispana, de la misma forma a como se planteó en Granada la cuestión multicultural, tras la toma de la ciudad por los Reyes Católicos.
Si Antonio de Mendoza supo plasmar en México un modelo de gobierno acorde con los nuevos planteamientos de Carlos V, desde el punto de vista del engrandecimiento del Imperio es preciso recordar otras dos figuras del ámbito granadino que colaboraron sobremanera a tal fin. Es el caso de los conquistadores Pedro de Mendoza y de Gonzalo Jiménez de Quesada. Ambos personajes se forjaron militarmente en los escenarios europeos luchando para el emperador Carlos. El primero acompañó en 1522 a Carlos V a Inglaterra en calidad de paje y más tarde mereció la confianza del monarca, que le designó gentilhombre de cámara. Participó en las guerras de Italia e intervino en el saqueo de Roma. En 1530 volvió de nuevo a Italia, esta vez acompañando a Carlos V, tras la firma de la paz de Cambrai. El segundo permaneció en tierras italianas entre 1522 y 1530, interviniendo primero en la conquista de Génova y después también en el saqueo de Roma.
Pedro de Mendoza puso las bases de la ocupación del territorio argentino y fundó el primer Buenos Aires en 1536. Su temprana muerte le impidió consolidar la presencia española en la zona y ello le ha relegado injustamente entre los protagonistas de la conquista. Jiménez de Quesada, que llegó a morir octogenario, sí pudo desarrollar empresas más dilatadas en el espacio y en el tiempo. Fundó Santa Fe de Bogotá en 1538 e incorporó a la Corona las tierras de la región
colombiana a las que bautizó como el Nuevo Reino de Granada. El motivo de tal designación lo explica así el cronista: «A este Nuevo Reyno de Granada puso este nombre el licenciado Jiménez de Quesada, así por vivir él cuando vivía en este Reino de Granada de acá, y también porque se parescen mucho el uno al otro, porque ambos están en sierras y montañas, ambos son de un temple más frío que caliente y en el tamaño no difieren mucho». Ambos, en suma, protagonistas destacados de empresas quiméricas, obsesionados por el mito y la leyenda; víctimas, por fin, de sus propias ilusiones.
La cuestión toponímica es digna de consideración en el caso granadino por su enorme amplitud. Anteriormente se han citado los casos del Nuevo Reino de Granada y de Santa Fe de Bogotá y a ellos cabría añadir otros muchos. Ciñéndonos a la época de Carlos V, destacan, entre otros, los siguientes: Santa Fe (isla de Pinos), Santa Fe de Guanajuato, Santa Fe de la Laguna (México), Santa Fe de Jatunjauja (Perú), Santa Fe (Nicaragua), Granada (Nicaragua), Loja (Ecuador). Estas breves pinceladas bastan para percatarse de que Granada, además de lo que para ella significó la figura de Carlos V, tuvo un protagonismo indiscutible en el hecho americano, cuyas reminiscencias son visibles todavía quinientos años después.
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