Carlos V- Quinto Centenario  

 

Un rey con LETRAS

Antonio Sánchez Trigueros
Catedrático de Literatura de la Universidad de Granada

Carlos V tuvo la habilidad de rodearse de brillantes personalidades de las letras que marcaron y engrandecieron una época y se consagraron con dedicación y abnegación al Emperador

Imaginemos la escena de un Carlos V retirado en Yuste, adonde había llegado a finales de 1557. Apenas le queda ya un año de vida. Le acompaña en las veladas fray Juan de Ortega, superior general de la Orden de los Jerónimos, a quien se le había encargado la delicada misión de instalar al Rey en el monasterio cacereño. Y aún podemos imaginar, sin abandono de la verosimilitud, cómo en esas veladas el fraile relee y aun comenta a su ilustre huésped, con un regocijo malicioso del que ambos participan, las andanzas de un personaje, el Lazarillo de Tormes, cuyo manuscrito guarda el eclesiástico celosamente en su celda como obra pícara de juventud, que acababa de publicarse y dada su condición no se había atrevido a firmar.

Carlos V. (Cristoph Amberger, 1532. Museo de Bellas Artes de Lille

 

Fray Juan de Ortega, este fraile jerónimo a quien el hispanista francés Marcel Bataillon siguió atribuyendo la autoría de nuestro primer texto picaresco, es uno más de los muchos personajes célebres del mundo de las letras que en diversos momentos de la vida del Emperador permanecieron muy cerca de él. Ejemplos gloriosos son los poetas soldados Juan Boscán y Garcilaso de la Vega, que murió heroicamente en su defensa; el obispo de Guadix fray Antonio de Guevara, tan influyente en su orientación política; don Diego Hurtado de Mendoza, embajador de su máxima confianza; Alfonso de Valdés, secretario de cartas latinas; el poeta Hernando de Acuña, a quien el Emperador encomendó importantes misiones militares; Pedro Mejía, brillante y malogrado cronista de su reinado; y sus médicos Andrés Laguna, autor del Viaje a Turquía, y Francisco López de Villalobos, que tradujo el Anfitrión de Plauto. Son personajes abiertos, inquietos, renovadores en muy diversos sentidos, críticos, erasmistas, partidarios de las reformas, espíritus europeos y aún universalistas, artistas que elevan a un alto grado de perfección la poesía y la prosa castellanas, admiradores de la cultura clásica y el renacimiento italiano tanto en su vertiente paganiel modelo más perfecto propuesto por Baltasar de Castiglione: poetas y soldados.

Sin ningún género de dudas Carlos V tuvo la habilidad de rodearse de una serie de brillantes personalidades de las letras, personas decisivas que marcaron y engrandecieron una época, que además iban a consagrarse con dedicación y abnegación al servicio del Emperador, a asumir sus ideales y a estar dispuestos a emprender, cuando ello fuere necesario, la defensa de sus actuaciones y empresas más arriesgadas y discutidas, y no sólo con la fuerza de las letras sino también con el discurso de las armas.

En los primeros años del reinado del Emperador tuvo lugar uno de los grandes acontecimientos de nuestra literatura clásica, cuando se produjo en la poesía española un cambio de rumbo de gran importancia, como fue la aclimatación definitiva a nuestra literatura del verso endecasílabo y de una serie de formas poéticas italianas, cadenciosas y flexibles, que venían fundidas con una nueva literatura y una nueva filosofía: el petrarquismo neoplatónico. Una circunstancia tan ocasional como buscada le dio el último y decisivo impulso. Corría el año de 1526 cuando Carlos V e Isabel de Portugal, que habían contraído nupcias en Sevilla, decidieron establecer por un tiempo la Corte en Granada. Con este motivo el séquito se traslada de lugar y en los palacios y jardines de la Alhambra continúan los contactos, las conversaciones, los diálogos entre el elevado número de humanistas y personalidades del mundo diplomático, militar y de las letras, que con este motivo habían coincidido. Entre ellos estaba (junto a Juan de Valdés, Pedro Mártir de Anglería, Lucio Marineo Sículo y el mismo Castiglione, que se añaden a los cortesanos ya nombrados) el embajador de Venecia Andrea Navagero, buen poeta imitador de los clásicos grecolatinos, que un día, pa-seando por los jardines del Generalife, instará al poeta Juan Boscán a que pruebe a adaptar «en lengua castellana sonetos y otras clases de trovas usadas por los buenos autores de Italia». A la empresa se unirá pronto Garcilaso, que no sólo animará en el empeño a su buen amigo catalán sino que, siguiendo su ejemplo, conseguirá consolidar definitivamente la innovación. Y también en esa Corte nupcial el poeta de Toledo va a conocer a su musa Elisa, su imposible amor, Isabel de Freire, una de las damas portuguesas que acompañaban a la emperatriz Isabel. Cuando Garcilaso la conoce en Granada el poeta llevaba varios años casado e Isabel, por su parte, casaría más tarde con el regidor de Toro Antonio de Fonseca. Esta imposibilidad amorosa y la muerte de la amada ideal a los cuatro años de celebrar su matrimonio, arrancó al poeta toledano sus versos más hondamente sentidos. No está probado que Elisa correspondiese a la pasión del poeta, pero lo que sí es cierto es que éste le siguió los pasos poéticos muy de cerca tanto en vida como después de su muerte.

Entre los personajes del séquito habitual de Carlos I hubo uno que gozó ya en sus días de gran fama literaria: el franciscano Fray Antonio de Guevara, que desde 1523 era Predicador y Cronista de la Corte y responsable de algunos de los discursos más importantes del Emperador. En 1526 Carlos lo nombró Visitador de las morerías de Granada y al año siguiente propuso su nombre para el Obispado de Guadix. Acompañó a Carlos en la expedición que éste llevó a cabo contra Túnez y después visitó con él algunas ciudades italianas, entre ellas Roma.

Guevara, que representa el ala conservadora de los hombres de Carlos V, es uno de los grandes artífices de la prosa castellana clásica, prosa rica y jugosa, que, con una clara voluntad de convertirse en arte, abre el camino a la prosa barroca, e interesa sobre todo, más allá del puro didactismo, por sus valores propios: por su amenidad, su colorido y su inventiva. Su Marco Aurelio y Reloj de Príncipes es sustancialmente una ficción biográfica, o especie de relato histórico, del emperador romano del mismo nombre, que con poca base real pero con gran viveza se propone como retrato modelo del príncipe cristiano. Menosprecio de Corte y alabanza de aldea, por su parte, es fruto de la observación directa y el vivir concreto del medio rural, pues ese campo y esa aldea de la que habla Guevara no es el campo convencional y pastoril al uso entonces, sino el campo real que, aún con sus incomodidades y pobrezas, es propuesto como lugar ideal de goce epicúreo de la vida y conquista de la naturaleza. Tanto estos textos como sus Epístolas familiares tuvieron gran difusión en Europa, corrieron muy pronto de mano en mano en copias manuscritas y en múltiples traducciones y dejaron tras sí una importante estela en las literaturas europeas; baste como ejemplo recordar que durante los reinados de Enrique VIII, María Tudor e Isabel I de Inglaterra es muy considerable el número de escritores ingleses dependientes e imitadores de Guevara, y en este sentido se ha llegado a afirmar que el movimiento literario inglés bautizado con el nombre de euphuismo (en cierto modo paralelo a nuestro culteranismo) se habría producido a partir de la lectura de este fraile franciscano español.

El ala más erasmista y heterodoxa de la Corte carolina la encabezaba Alfonso de Valdés, su cultísimo secretario de cartas latinas, autor de importantes documentos imperiales, prosista elegante y combativo, gran propagandista político, que puso al servicio del Rey su fina inteligencia y creó una imagen humana y atractiva de Carlos V según los modelos cristiano y renacentista. En su Diálogo sobre el saqueo de Roma llevado a cabo por el ejército del emperador, Valdés defiende apasionadamente a su Rey, justifica histórica y diplomáticamente la guerra imperial, presentándola finalmente como el juicio de Dios ante la corrupción en la que se encontraba la capital de la cristiandad. Inquieto reformista, amigo de Erasmo, con el que mantuvo una dilatada correspondencia, defendió la necesidad de cambios significativos en la Iglesia, rigurosos y ortodoxos, como formas rmas de detener la herejía, y rindió importantes servicios al Emperador como mediador con los protestantes.

El poeta Garcilaso de la Vega

Otra de las personalidades que ya figuraba en la Corte granadina de Carlos I fue el poeta don Diego Hurtado de Mendoza, hijo del segundo Conde de Tendilla. Tiziano lo pintó y uno de sus contemporáneos lo retrató así: ‘de grande estatura, robustos miembros, el color moreno obscurísimo, muy enjuto de carnes, los ojos vivos, la barba larga y aborrascada, el aspecto fiero, y de extraordinaria fealdad de rostro’. Después de participar como capitán en las campañas italianas de los años treinta, el Rey lo nombró embajador en destinos muy delicados y comprometidos: primero en Inglaterra, después en Venecia y más tarde en Roma, donde defenderá con ardor la política del Emperador frente al Papado y presionará para que se convoque el Concilio. Hurtado de Mendoza como poeta compaginó el ejercicio de lo antiguo castellano con el de las nuevas formas poéticas; situado pues entre la tradición y la innovación, alterna el poema popular con la fábula mitológica, el octosílabo con el endecasílabo, de la misma forma que bascula entre lo burlesco y lo sentencioso, lo vulgar y lo heroico, el desenfado y la melancolía, las prostitutas italianas y la devoción por su idealizada Marfira. Sobrevivió al Emperador y su gran obra fue sin duda la Guerra de Granada escrita al hilo de los acontecimientos, en la que imita a los clásicos del género, Salustio y Tácito, y que destaca por la valiente independencia de criterio con la que, con juicios contundentes, reflexiona sobre las causas de la rebelión morisca y condena los fallos de tipo político y militar que se sucedieron antes y a lo largo del conflicto. Una obra crítica y de protesta que tardó muchos años en publicarse.

Pero el poeta-soldado que quizá estuvo más tiempo que ningún otro junto al Emperador fue el cultísimo Hernando de Acuña, que se incorporó al ejército imperial durante las campañas de Italia y después, ya muy cerca de Carlos V, intervino en las acciones decisivas contra la liga de Smalkalda, por lo que fue felicitado públicamente por el Rey, que a partir de ahí le encomendó diversas misiones de especial confianza. Pero Carlos no sólo lo estimaba como hombre de armas, y conocía y apreciaba en tan alto grado sus virtudes literarias que le pidió colaboración y encargó la traducción en verso castellano de Le Chevalier Délivéré, de Olivier de la Marche, que el mismo Emperador acababa de verter al español. Pero el nombre de Hernando de Acuña ha pasado a la historia sobre todo por un memorable soneto, un soneto que ha oscurecido el resto de su más que interesante obra y en el que grabó con afortunado poder de síntesis poética los ideales políticos, religiosos y militares de su Rey, el Emperador Carlos V:

Ya se acerca, Señor, o es ya llegada
la edad gloriosa en que promete el cielo
una grey y un pastor solo en el suelo,
por suerte a vuestros tiempos reservada.
Ya tan alto principio en tal jornada
os muestra el fin de vuestro santo celo,
y anuncia al mundo, para más consuelo
un Monarca, un Imperio y una espada.
Ya el orbe de la tierra siente en parte,
y espera en todo vuestra Monarquía
conquistada por vos en justa guerra,
que a quien ha dado Cristo su estandarte,
dará el segundo mes dichoso día
en que vencido el mar, venza la tierra.

 
  Carlos V- Quinto Centenario