Carlos V- Quinto Centenario
La visión universalista de la política Carolina
Antonio Domínguez Ortíz
HistoriadorCarlos V puede decirse que fue hombre de frontera; frontera espacial, entre el mundo románico y el germánico; frontera también temporal, entre una Edad Media sacudida por el deseo de superar las divisiones y una Edad Moderna en la que los nacionalismos incipientes triunfan sobre la idea de unidad
![]() |
| Carlos
V abatiendo el furor. (Revestimiento de Pompeo Leoni. Bronce. 1549-1555. Museo del Prado. Madrid) |
El fracaso final del emperador fue el fracaso de toda una época, de una sociedad que por la boca y la pluma de los humanistas deseaba reconstituir la unidad de gobierno y doctrina en Occidente. Por sus orígenes ningún príncipe parecía más indicado para realizar este ideal; tenía antepasados borgoñones, portugueses y castellanos; un solo abuelo alemán, el emperador Maximiliano. Borgoña era un conjunto de países situados entre Francia y Alemania que hoy albergan, precisamente porque tienen esa vocación de frontera-puente, los máximos organismos de la Unión Europea; convivían allí amistosamente el francés y el alemán en su modalidad flamenca (holandesa) sin los ásperos rozamientos que hoy advierte cualquier visitante. Carlos, que llegó a dominar perfectamente el castellano, nunca olvidó, sin embargo, el francés de su infancia.
Profundo conocedor de los países europeos por experiencia directa a través de innumerables viajes y consejeros de variada procedencia, don Carlos no debió ignorar nunca las dificultades que tendría hacer de Europa lo que Roma había intentado y, en gran parte, realizado: «Fecisti patriam multis ex gentibus unam». Lo intentó, según el ideal del Humanismo cristiano, por vías pacíficas; nunca hizo una guerra de conquista, nunca tomó las armas sin ser provocado. Las alianzas matrimoniales eran el instrumento más idóneo en una época que aún no distinguía entre interés estatal e interés dinástico; al hablar de la política carolina no hay que olvidar que en ella se unían el ideal imperial y el interés dinástico, familiar; don Carlos quería soldar las piezas de su inmenso imperio, mantenerlo dentro de un ámbito de paz religiosa y política y que esa fabulosa herencia recayera en su hijo Felipe.
Para realizar este ideal, el título de emperador que le otorgaron los siete electores sólo le daba una consagración jurídica y un simbolismo expresado en el título de Sacro y Romano Imperio; pero en el terreno práctico ese título le proporciona poca ayuda: el Imperio era una idea, no una realidad; desmenuzado en centenares de principados y señoríos laicos y eclesiásticos, con unas instituciones inoperantes y una sempiterna falta de recursos, de poca ayuda podía serle a su titular. Más apoyo recibiría de lo que fue la gran construcción de Carlos el Temerario; aunque Francia se había apropiado del ducado de Borgoña, el lote restante era magnífico: el Franco Condado y los Países Bajos con su constelación de ciudades ricas, cultas, industriosas. Podían ser una base para grandes designios, pero esas comarcas y ciudades tenían privilegios, libertades, no se dejaban esquilmar; lo experimentó el propio don Carlos cuando se sublevó su ciudad natal, Gante, y más tarde, con intensidad dramática, su hijo Felipe II. Sus dominios españoles, en especial Castilla, sí constituían una rampa de lanzamiento apta para acometer las mayores empresas. Los Reyes Católicos habían diseñado un imperio que incluía, a más de los reinos peninsulares, una prolongación mediterránea en el Sur de Italia, una serie de puntos avanzados en Africa con una meta ambiciosa concretada en el título de rey de Jerusalem que ostentó Fernando el Católico. Y por el Oeste, ese imperio tenía en las Indias un campo de acción ilimitado. Los castellanos también tenían sus fueros, sus libertades, pero después de las comunidades quedaron sometidos a la voluntad de los Habsburgos; los dineros y los hombres de Castilla sí eran base suficiente para llevar a la práctica los planes mas ambiciosos. 8
Es justo añadir que en España, a más de resistencia, Carlos V encontró colaboradores; si a los tejedores segovianos y a los mercaderes de Medina del Campo les contrariaba sacrificarse por ideales lejanos, en la cúpula ilustrada había seguidores entusiastas de la idea imperial; mencionemos algunos nombres: Hernando de Acuña, autor del famoso soneto en el que anunciaba al mundo que gracias a don Carlos tendría «un monarca, un imperio y una espada»; Alfonso de Valdés, representante del pensamiento de los erasmistas españoles; el cronista sevillano Pedro Mexia; el procurador por Granada que en las Cortes de Valladolid, 1523, se dirigió al emperador diciéndole que gracias a él «tenemos el siglo de oro que se esperaba»; Andrés Laguna y su exhortación a Europa en la Universidad de Colonia para que renunciara a sus funestas divisiones, y descendiendo al terreno práctico, prosaico, de hallar recursos para las empresas imperiales, al ubetense Francisco de los Cobos, colaborador indispensable y mecenas artístico. ¿Es casualidad que el emperador encontrara en Andalucía tan fervorosos admiradores?
Sin embargo, no bastaron tantas adhesiones, tantos recursos para que los ideales carolinos se realizaran. Indiquemos someramente las causas de este fracaso. Carlos V sabía que su idea de unificación y concordia de todos los cristianos encontraría obstáculos; muchas gestiones tuvo que hacer para que los príncipes alemanes le sirvieran con las tropas necesarias pera levantar el cerco que a Viena habían puesto los turcos; lo que seguramente no llegaría a imaginar es que Francisco I, Rey Cristianísimo de Francia, se aliara con los turcos y ofreciera a sus naves el puerto de Tolon; actitud que no sólo se debía a la derrota de Pavía y el elevado rescate que tuvo que pagar para lograr su libertad; Francia representaba el principio emergente del nacionalismo, polo opuesto al universalismo, y ese principio iba a dominar desde entonces el escenario europeo.
Francia, pues, no duda en aliarse con los turcos; tampoco rehusaría, la alianza con los protestantes. El Islam era el enemigo tradicional; con él ya se contaba; pero el protestantismo era problema nuevo, que atacaba en su raíz el programa imperial, pues el protestante, además de cuestionar la autoridad de la Iglesia, también minaba la del emperador. Carlos V batalló largo tiempo por hallar una solución a las disensiones religiosas; con suma paciencia promovió una y otra vez los encuentros, los coloquios, batalló por la idea del concilio universal que las autoridades católicas encaraban con muy poco entusiasmo porque en su programa incluía la necesaria reforma de la Iglesia. Por su parte, los protestantes, muy divididos, no se decidieron a asistir y Trento, contra los planes del emperador, sancionó y ahondó la división de los cristianos en vez de resolverla. Tras el fracaso del concilio sólo quedaba la guerra; Tiziano lo representó en Mühlberg, lanza en ristre; era el sino de Carlos, hombre de paz, forzado a combatir continuamente.
La victoria inicial se trocó en derrota por la defección de sus aliados, de sus vasallos imperiales. Se confirmaba la idea que don Carlos más temía: la alianza de la disidencia religiosa con la traición política, y esa realidad amargó sus últimos años cambiando su inicial talante, tolerante y comprensivo, del que dio pruebas
Carlos V en la batalla de Mühlberg.
(Tiziano. 1548. Museo del Prado. Madrid).cuando en Granada intentó resolver, o al menos dulcificar, el problema de los moriscos; la noticia de que en España habían prendido algunas chispas del incendio protestante lo sacó de quicio y exigió a su hijo que la Inquisición actuara con la máxima severidad en este punto. Le quedaba al César una última decepción, una postrera amargura: la división en el seno de su propia familia. Su deseo más ardiente era legar íntegro su inmenso imperio a su hijo Felipe; pero, por un cambio singular de destinos, su hermano Fernando, que se había educado en España, que fue enviado muy joven a Flandes precisamente para que no hiciera sombra a su hermano mayor, allá, en Alemania, encontró partidarios entre los príncipes y el pueblo; lo preferían a don Carlos, autoritario, muy poderoso, rodeado de españoles. Su propia familia estaba dividida y ello trajo la división del Imperio: Fernando tendría el título imperial y los dominios patrimoniales de los Habsburgos, en esencia los territorios que hoy forman el Estado austríaco. Don Felipe sería jerárquicamente inferior, aunque en la práctica mucho más poderoso: España, con sus Indias, representaba un poder mucho más efectivo que el Imperio; además, don Carlos, antes de renunciar, entregó a su hijo Felipe dos extensos y ricos territorios que teóricamente eran imperiales: el ducado de Milán y los Países Bajos. Un regalo envenenado, porque eran fuente de poder y también de conflictos. Desde entonces los Habsburgos ostentaron dos títulos imperiales: uno de hecho, el español; otro de derecho, el tradicional, el Sacro Imperio. La división se paliaba con una estrecha cooperación: matrimonios, alianzas contra los enemigos comunes: los protestantes, los turcos, el nacionalismo francés, principal escollo de la unidad europea.
Como consecuencia de esta alianza, el Imperio recibió parte no despreciable de los caudales de Indias en calidad de subsidios. Puede decirse que Carlos V no valoró en toda su extensión sus dominios de Ultramar. Absorbido por los problemas europeos, fue el único de sus dominios que no conocía directamente; los miró más bien como una fuente de aquellos caudales de los que tenía una desesperada necesidad para realizar sus costosos fines políticos. Pero es justo añadir que también se esforzó por hacer que aquellos remotos vasallos fueran gobernados con justicia; desaprobó la muerte de Atahualpa por ser una medida cruel y porque el Inca «era señor». ¡Curiosa manifestación de solidaridad monárquica! Prefirió, como don Felipe, que la conquista armada fuera sustituida por la expansión misional. Dio oídos a las denuncias de fray Bartolomé de las Casas y concretó sus ideas en unas revolucionarias Leyes Nuevas que estuvieron a punto de costarle el dominio de las Indias. De esta manera concebía la integración de los indios en el gran plan de la unidad de todos los humanos bajo el signo de la cruz. Y también en este aspecto sus nobles aspiraciones chocaron con el egoísmo y la incomprensión de sus rivales y de sus propios súbditos.
Carlos V- Quinto Centenario