| La
conciencia escénica moderna de Federico
J. ANTONIO SANCHEZ TRIGUEROS
Sabido
es que las ideas teatrales de Federico García Lorca, a falta
de un texto suyo de amplia reflexión sobre el tema, hay que
espigarlas, fundamentalmente de las poéticas constructivas
de sus textos dramáticos y de sus manifestaciones recogidas
en entrevistas de prensa. Verdaderamente no es muy cuantioso el
material, pero hay que considerarlo más que suficiente como
para afirmar que Lorca tenía una conciencia escénica
muy moderna.
En efecto, en la vieja batalla que vertía del siglo pasado,
entre los que, fascinados por la palabra, defendían a ultranza
la absoluta autoridad del texto y la voluntad escénica de
su autor, únicos amos a los que servir, y los que desde la
concepción del teatro como espectáculo vivo se situaban
en el propio espacio de la escena abierta, García Lorca se
situaba con plena y clara consciencia entre estos últimos.
Con palabras muy directas lo afirmó tajantemente en más
de una ocasión: «El teatro es la poesía que
se levanta del libro y se hace humana. Y al hacerse habla y grita
y llora y se desespera y a la pregunta que se le formulara, sobre
las actividades de La Barraca contesta el granadino: «Ahora
andamos a vueltas con los versos de Calderón, de Cervantes
y de Lope de Rueda. Los sacamos del fondo de las bibliotecas, se
los arrebatamos a los eruditos, los devolvemos a la luz del sol
y al aire de los pueblos». Por eso afirmará con contundencia
en otra ocasión: «Yo no imprimo mis piezas: las doy
para que se representen. Las comedias están hechas para oírlas
en el teatro».
He ahí unas primeras muestras de su decidida defensa de la
representación y la escena, la cual le proporcionó
los auténticos grandes éxitos de su vida y la posibilidad,
que tanto necesitaba personalmente, de liberar su economía
de la protección paterna. Así, en 1935 hay un momento
en que se están representando simultáneamente en Madrid
tres obras suyas: la reposición triunfal de Bodas de Sangre
(después del gran éxito en Buenos Aires, que hizo
olvidar su casi fugaz estreno en Madrid en 1933), Yerma, estrenada
a finales de diciembre del año anterior, y el reestreno de
La zapatera prodigiosa; meses después en Barcelona se estrenan
Yerma, y a finales de año Doña Rosita la soltera,
precedida por la quinta reposición de Bodas de sangre.
Pero, en este mismo sentido, nunca se debe olvidar que hay que distinguir
también entre dos Lorcas: uno experimentador vanguardista,
absolutamente crítico desde la escena y contra la escena
tradicional, y otro realista de inspiración popular, cuya
tradición enriquece; son dos teatros, que coexisten, porque
en García Lorca no se produce un proceso lineal de depuración
estética desde el realismo a la vanguardia, sino simultaneidad
de tentativas: «Yo comprendo todas las poéticas; podría
hablar de ellas si no cambiara de opinión cada cinco minutos
-dice el poeta- No sé... Quemaré el Partenón
por la noche, para empezar a levantarlo por la mañana y no
terminarlo nunca». En efecto, el mismo año (1930) en
que termina El público acaba también la primera versión
de La zapatera prodigiosa; al año siguiente finaliza Así
que pasen cinco años (1931), y después Bodas de sangre
(1933), Yerma (1934) y Doña Rosita la soltera (1935); Y finalmente,
del año de su muerte (1936) son, Comedia sin título
y La casa de Bernarda Alba.
Pero Lorca no era pura y simplemente un autor de textos dramáticos,
Lorca era por encima de todo un hombre de teatro situado en el escenario,
en el lugar de la representación, y como tal fue considerado
en su época, incluso antes de que una parte importante de
sus obras fueran conocidas y llevadas a la escena.
En este sentido son muy interesantes las palabras con que el historiador
y crítico teatral italiano Silvio D’Armico introducía
su entrevista a Federico García Lorca en Santander en septiembre
de 1935, publicada once años más tarde en la revista
Il Dramma; en ellas no se arredra en colocar al granadino entre
los grandes nombres de la escena europea, a los que en su escogida
enumeración va aplicando un identificador: Edward Gordon
Craig es apóstol, Constantin Stanislavski maestro, Max Rein,
mago, Jacques Copeau asceta, Erwin Piscator demonio, definiendo
finalmente a Garcia Lorca como il ragazaccio, es decir, el enfant
terrible, el niño malo, el provocador del teatro contemporáneo.
En efecto, Lorca dirigía o participaba en la dirección
de espectáculos sobre textos propios y ajenos con una conciencia
artística muy moderna. Una lectura atenta de sus declaraciones
a la prensa nos permite apreciar, por ejemplo: lº) su alta
valoración de la figura del director de escena, esa figura,
entonces de reciente aparición en España, y aquí
representada por Adriá Gual, Gregorio Martínez Sierra
y sobre todo por Cipriano Rivas Cherif. «Un teatro es, ante
todo, un buen director», afirmó Lorca, y en otro lugar
dice: «En lo concerniente a la forma, a la forma nueva, es
el director de escena quien puede conseguir esa novedad, si tiene
habilidad interpretativa»; 2º) su idea creativa de la
escenografía teatral: «La arqueología no me
interesa. Cuando la hagamos, será sólo de una manera
intencional y estilizada»; 3º) los términos con
que afirma su libertad de director frente al texto y frente a la
tradición y la posibilidad de construir distintos espectáculos
a partir del mismo texto: «Si tuviera dinero me gustaría
hacer varias versiones de la misma obra: una antigua; otra, moderna;
una, fastuosa; otra, muy simplificada»; 4º) su conocimiento,
seguramente a través del mismo Rivas Cherif -el hombre más
informado entonces de los caminos de la escena europea, de las nuevas
propuestas de los maestros Graig, Reinhardt y Piscator, por ejemplo;
5º) su extremada preocupación por el ritmo de la representación
y la escenografía: El problema de la novedad del teatro está
enlazado en gran parte a la plástica. La mitad del espectáculo
depende del ritmo, del color, de la escenografia; 6º) la incorporación
y presencia de la música y las canciones en sus espectáculos;
y 7º) su revalorizacion de la expresión corporal en
escena, como cuando, a propósito de la escenificación
de tres de sus canciones populares en el Teatro Avenida de Buenos
Aires, anuncia al entrevistador: «Ya verán ustedes
todo el espectáculo. En él se valoriza el cuerpo humano,
tan olvidado en el teatro. Hay que presentar la fiesta del cuerpo
desde la punta de los pies, en danza, hasta la punta de los cabellos,
todo presidido por la mirada, intérprete de lo que va por
dentro. El cuerpo, su armonía, su ritmo, han sido olvidados
por esos señores que plantan en la escena ceñudos
personajes, sentados con la barba en la mano y metiendo miedo desde
que se les ve. Hay que revalorizar el cuerpo en el espectáculo.
A eso tiendo».
Sólo esta última manifestación avala a Federico
García Lorca como un revolucionario de la escena que lucha
por liberar el cuerpo en movimiento de la sujeción ocultadora
propia de una sociedad puritana y de la servidumbre exclusiva a
una dicción adecuada del texto, que empobrecía la
representación teatral hasta la inmovilidad y el estatismo.
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