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Obras de Lorca

Una lectura del ‘Llanto por Ignacio Sánchez Mejías’

JOSE CARLOS ROSALES

Probablemente sea este largo poema, el Llanto por Ignacio Sánchez
Mejías escrito en el otoño de 1934 y publicado durante la primavera del año siguiente, el mejor lugar donde percibir con deslumbrante nitidez no sólo las capacidades expresivas más características de Federico García Lorca, sino el sorprendente grado de plenitud y perfección que su mundo literario había alcanzado en la década de los años treinta, años de satisfecha madurez creadora, tanto en el campo del teatro como en el de la poesía. Aunque en esta fase la producción lírica lorquiana no fuera tan extensa como en épocas anteriores, el valor sostenido de sus hallazgos, el dominio de sus propios recursos estéticos, el sólido sentido humano de sus aciertos hacen que esta etapa poética pudiera calificarse sin exageración alguna como la edad dorada de la poesía de García Lorca, etapa en la que, entre otros logros, estaría incluido, junto al Llanto, el valioso Diván del Tamarit.

En este marco de plenitud, el año 1934 sería uno de los más significativos. Los primeros meses discurrieron en Sudamérica: numerosos recitales y conferencias diversas, estrenos clamorosos en Argentina, entrevistas constantes y homenajes sucesivos que culminaron, en Buenos Aires, a finales de marzo, antes de su regreso a nuestro país, con la proclamación de Federico García Lorca como embajador de las letras españolas en una sesión pública constituida por destacados representantes de todas las repúblicas hispanoamericanas. A partir de la primavera de ese año, ya en España, el autor del Llanto desarrolló una actividad incesante. Enfrascado en su ascendente carrera teatral, colaborador incansable en revistas y periódicos, entregado a las labores pedagógicas y culturales de la compañía universitaria de teatro La Barraca, García Lorca era un autor atento a todo lo que se movía a su alrededor, un autor rebosante de ideas y de proyectos estéticos, un autor, en fin, maduro, plenamente maduro.

Y ese año, el 11 de agosto, en la plaza de toros de Manzanares, fue cogido de muerte el torero y amigo Ignacio Sánchez Mejías, que, tras una interminable agonía, murió dos días más tarde en Madrid. No es difícil suponer que, fuertemente impresionado por la trágica noticia, García Lorca comenzaría muy pronto a trabajar en la redacción de esta emocionada elegía, un poema que, trabajado y corregido sin desmayo, leyó en la casa de algunos amigos en noviembre y diciembre de aquel año y cuyo original entregaría, en enero de 1935, en la imprenta de la revista Cruz y Raya. Pero antes de acercarnos y releer estos versos, sería conveniente no perder de vista una cuestión primordial, la de comprender el poderoso significado que subyace bajo la figura de Sánchez Mejías.

No se trataba simplemente de un torero amigo. La figura de Ignacio Sánchez Mejías suponía bastante más, era un torero muy cultivado, un verdadero intelectual, que, como bien ha indicado el profesor Miguel García-Posada en su edición del Llanto, ‘encarnaba un modo de vitalismo que no está aislado de la cultura de su tiempo’ y, además, presentaba ‘una personalidad de abultado relieve’. Admirador de Góngora y de la nueva poesía que anunciaban Lorca y sus amigos, Sánchez Mejías costeó y organizó el famoso homenaje de diciembre de 1927, en Sevilla; amigo de escritores y poetas y asiduo lector de Sigmund Freud, estrenó un par de dramas de tono surrealista, Sinrazón, en marzo de 1928, y Zayas, en agosto de ese mismo año. No cabe duda, creemos, que, tras la herida que produce su trágica muerte en muchos de los poetas del 27 (Alberti, por ejemplo, le dedicó la elegía de Verte y no verte publicada asimismo en 1935), no se esconde tan sólo el dolor por la pérdida de alguien próximo y entrañable, se esconde también el profundo desgarro interior por la temprana derrota de un propósito existencial arriesgado y vitalista que, ampliamente compartido por la generación de García Lorca, estaba simbolizado de algún modo en la persona del torero Ignacio Sánchez Mejías. Interpretar las estrofas del Llanto como una elegía limitada en exclusiva a cantar la pérdida de un ser querido es una restricción notable del sentido último de este largo poema.

Pues Lorca en estos versos no celebra sólo la memoria del apreciado amigo muerto, sino que también canta la derrota imprevista de una empresa vital de la que se sentía cómplice y partícipe. Sin esta apreciación previa, la lectura del Llanto por Ignacio Sánchez Mejías perdería una parte importante de su significado, de su valor.

La muerte y la derrota de Sánchez Mejías no es simplemente la muerte y la derrota de un torero, es, sobre todo, la ocasión para constatar el carácter inevitable de la muerte y la derrota posible de toda tentativa humana.

No es de extrañar que, dada la formación musical de Federico García Lorca, en la estructura del Llanto puedan rastrearse semejanzas evidentes con la organización interna de una sinfonía. Bajo este planteamiento, las cuatro partes del poema se corresponderían con las de una sonata en la que a través de los sucesivos tempos quedan patentes los distintos matices anímicos y sentimentales. Así, la primera parte, titulada La cogida y la muerte, y organizada en torno a un estribillo monocorde, es una introducción rápida y obsesiva en el presentimiento insolente de la muerte: ‘Una espuerta de cal ya prevenida/a las cinco de la tarde’. Ciertas dosis de calculada confusión, la multiplicidad de planos y sensaciones, y la certeza de una realidad trágica que se impone sin escapatoria posible inundan este primer poema. El aparente desorden apenas si se deja encauzar por ese octosílabo insistente de a las cinco de la tarde, un verso que poco a poco va provocando en el lector la sensación de una punzante letanía ritual y profana.

En la segunda parte del Llanto, bajo el título de La sangre derramada, nos encontramos con un poema arromanzado que nos recuerda la atmósfera de algunas de las páginas del Romancero gitano. Un inquietante clima onírico, salpicado de ecos manriqueños –por ejemplo, los elogios y la enumeración de las virtudes del héroe–, nos muestra la lucha desgraciada de Ignacio Sánchez Mejías con la muerte y el derramamiento de su sangre por todo el universo: ‘Y su sangre ya viene cantando:/cantando por marismas y praderas,/resbalando por cuerpos ateridos,/vacilando sin alma por la niebla,/tropezando/con/miles/de pezuñas/como una larga, oscura, triste lengua,/para formar un charco de agonía,/junto al Guadalquivir de las estrellas’. Una sangre que es la de Ignacio Sánchez Mejías pero que también es la sangre del ambicioso y culto vitalismo que el torero sevillano representaba, una sangre cuya visión el poeta no quiere ni puede soportar porque le confirma la inutilidad imperturbable de la muerte: ‘¿Quién me grita que me asome?/¡No me digáis que la vea!’.

Cuerpo presente, la tercera parte del poema, con sus 49 alejandrinos blancos y solemnes, es una pausada meditación sobre la muerte universal y constante, una despedida serena del amigo, una aceptación dolorida de ese cuerpo presente que evidencia la incomunicación absoluta e irremediable entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos: ‘Estamos con un cuerpo presente que se esfuma,/con una forma clara que tuvo ruiseñores/y la vemos llenarse de agujeros sin fondo’.
La elegía se cierra con Alma ausente, especie de contrapunto al poema anterior y eficaz herramienta que, apoyándose en la palabra poética, persigue y consigue salvar a Ignacio Sánchez Mejías de la segunda muerte, la del olvido: ‘Yo canto para luego tu perfil y tu gracia./La madurez insigne de tu conocimiento’. En esta última parte del Llanto, hábil conjunción de elementos épicos y líricos, se contempla el cuerpo apagado del torero y se intuye la proximidad mezquina del olvido: ‘Pero nadie querrá mirar tus ojos/porque te has muerto para siempre’. Sin embargo, el poeta opone la tenaz resistencia de sus versos y se obstina en levantar un monumento funerario capaz de desafiar la labor corrosiva del tiempo y de la muerte: ‘No te conoce nadie. No. Pero yo te canto’. La poesía como única manera de vencer al olvido y al tiempo, de vencer a la muerte.

Señalemos para terminar que el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías es una compleja y equilibrada síntesis de los hallazgos y recursos estéticos más logrados de Lorca. Ciertas dosis de elementos gongorinos y vanguardistas, una palpable actitud rehumanizadora, un fresco vitalismo, una sabia contención formal y sentimental, una elaborada mitificación de lo andaluz, un distanciamiento riguroso del costumbrismo vacuo, una rica complejidad simbólica, la soberanía de sus imágenes y metáforas, la ambiciosa concepción del conjunto, la profunda riqueza de su lenguaje, la amplitud de registros y la sencillez aparente de su arquitectura interior hacen que el Llanto sea un poema enormemente valioso dentro de la producción poética lorquiana y dentro de toda la poesía española. Tal vez, como señalábamos al principio de estas líneas, éstos sean los mejores versos de Federico García Lorca.

 
 
 
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