| Lorca
y el surrealismo: Aproximación a los poemas en prosa
Antonio Jiménez Millán
En
una carta a Sebastián Gasch fechada en septiembre de 1928,
García Lorca, parece definir su posición respecto
al surrealismo francés: «Ahí te mando los dos
poemas. Yo quisiera que fueran de tu agrado. Responden a mi nueva
manera espiritualista, emoción pura descarnada, desligada
del control lógico, pero, ¡ojo!, ¡ojo!, con una
tremenda lógica poética. No es surrealismo, ¡ojo!,
la conciencia más clara los ilumina». La mayoría
de los poetas españoles de la generación de Lorca
(con la excepción de Luis Cernuda) negaron o redujeron al
mínimo la posible influencia surrealista en sus obras, basándose
en un argumento fundamental. Desde su punto de vista ninguno de
ellos admite la validez de la escritura automática, aquel
método que André Bretón había fijado
como principio revolucionario del surrealismo en su Manifiesto de
1924. No es extraño que, en nuestro país, los poetas
de la entonces llamada joven literatura se aferren a una cierta
lógica creativa («una tremenda lógica poética»,
escribe Lorca) que descarta el abandono a las fuerzas del inconsciente,
sobre todo si tenemos en cuenta el auge de un formalismo literario
que se debe, en parte, al prestigio de la poesía pura y en
parte a la influencia teórica de Ortega, proyectada en el
ámbito de la Revista de Occidente. En esa línea se
sitúan los comentarios de Fernando Vela y Benjamín
Jarnés a los manifiestos y textos surrealistas, nuevos síntomas
de la enfermedad romántica que, además, acabaría
por suprimir la actividad del creador. Mucho después, Vicente
Aleixandre declaraba: «Alguna vez he escrito que yo no soy
ni he sido un poeta estrictamente surrealista, porque no he creído
nunca en la base dogmática de ese movimiento, la escritura
automática y la consiguiente abolición de la conciencia
artística. ¿Pero hubo, en ese sentido, alguna vez,
en algún sitio, un verdadero poeta surrealista? La última
frase de Aleixandre contiene en sí misma la respuesta: el
concepto de escritura automática es tan ambiguo, desde su
formulación, que no puede considerarse como una referencia
exclusiva.
La cuestión es más compleja. Lorca afirma que su nueva
escritura está desligada del control lógico, es decir,
que sólo obedece a las necesidades expresivas de un lenguaje
poético distinto fundamentalmente irrealista cuya búsqueda
obsesiona al poeta granadino en esos años. Después
de conseguir una elaborada síntesis de tradición y
modernidad en el Romancero gitano, Lorca detesta el gitanismo folclórico
que muchos empiezan a atribuirle; así se lo escribe a Jorge
Guillén en una carta muy citada y, al mismo tiempo, no puede
permanecer indiferente a las críticas despiadadas que Buñuel
y Dalí prodigan al Romancero, libro al que no dudan de calificar
de tradicionalista, conformista; y falsamente moderno. Es una historia
bien conocida: mientras se debilita la amistad entre Lorca y Dalí,
Buñuel y el pintor catalán colaboran en la realización
de Un chien andalou. Sin embargo, el desafío lanzado por
Dalí influye decisivamente para que Federico asuma el riesgo
de una escritura de signo vanguardista que, él mismo, presenta
como emoción pura descarnada ya de la realidad según
explica a Jorge Zalamea en septiembre de 1928. En su edición
del Epistolario, Maurer sugiere que los dos poemas enviados a Gasch
son Nadadora sumergida y suicidio en Alejandría, pues ambos
aparecieron en el nº. 28, de L’Ami de les Arts (30 de
septiembre de 1928). Y en la misma carta, Lorca justifica el recurso
a la prosa: «Son los primeros que he hecho. Naturalmente están
en prosa porque el verso es una ligadura que no resisten. Pero en
ellos sí notarás, desde luego, la ternura de mi actual
corazón».
Como Neruda en Tentativa del hombre infinito, como Aleixandre en
Pasión de la tierra (publicado en 1935, pero escrito a finales
de los veinte), García Lorca enlaza en sus poemas en prosa
con una tradición nacionalista, visionaria (Rimbaud, Lautréamont),
que está en los orígenes del surrealismo, y adopta,
además, un modelo formal híbrido, muy ajustado a esa
experiencia de los límites incluso entre géneros tradicionales
que propone la vanguardia. Más no debe olvidarse que la vanguardia
remite casi siempre a la pureza, aunque sea desde la ruptura, o
precisamente a partir de ella («automatismo psíquico
puro...»): se considera que forzar el lenguaje, transgredir
los límites aceptados por la tradición puede ser,
en última instancia, una manera, tal vez la única,
de restituir la esencia de la poesía, su verdad originaria.
En Nadadora sumergida leemos: «Desde entonces dejé
la literatura vieja que yo había cultivado con gran éxito.
Es preciso romperlo todo para que los dogmas se purifiquen y las
normas tengan nuevo temblor». La destrucción implica
una vuelta a los orígenes, un nuevo temblor. En un estudio
imprescindible para situar estos poemas en prosa, Antonio Monegal
se refiere a la tensión en que se debate el texto, entre
el impulso de la extrema libertad y la exigencia de seguir siendo
poesía». Como sugiere también A. Monegal, puede
que la retórica de la violencia, la abundancia de imágenes
relacionadas con la mutilación, el asesinato y la sangre,
no hagan sino confirmar la fragmentación textual, la ruptura
de la continuidad del sentido, del orden del discurso. La imaginería
surrealista de la crueldad (véase, sobre todo, Degollación
de los inocentes) tiene mucho que ver, con la impasibilidad moral
defendida por Dalí en aquellos años; en Nadadora sumergida
se califica de maravilloso al asesino y un repertorio de objetos
punzantes se presta a la agresión (bisturí, atravesado
en la garganta, tenedor clavado en la nuca); un hombre seccionado
por una faja y una mano cortada aparecen en Santa Lucía y
San Lázaro, La quiebra de la estética purista, dominante
aún en la Oda a Salvador Dalí, es ya evidente. Estamos
en la antesala de Poeta en Nueva York y El público.
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