Una garceta se ve obligada a compartir su hábitat
Juan Enrique Gómez / Waste Magazine
- enero 2010
EL litoral mediterráneo pierde la batalla.
El mar avanza de forma inevitable. Deltas y estuarios, al igual que del
resto de desembocaduras de ríos y ramblas del continente europeo
y del norte de África, se retraen hacia el interior. El mar ha ganado
ya hasta 200 metros en espacios situados en casi todos los deltas, y en
sólo diez años. Los espigones situados en numerosos puntos
de la línea costera no evitan la destrucción de los paseos
marítimos con el más mínimo temporal. En sistemas
montañosos de especial valor biológico y geológico
como Sierra Nevada, las temperaturas y la sequía generarán
años sin una gota de nieve y otros con enormes nevadas. En el interior
de la península Ibérica, sobre todo el zonas del sureste,
el desierto crece, las especies animales buscan nuevos hábitats.
La realidad de la evolución del clima no tiene freno, pero existen
soluciones que, aunque son aparentemente utópicas, deberían
ser tenidas en cuenta. Hay que aplicar tres fórmulas, restaurar,
proteger y gestionar.
Delta del río Guadalhorce (Málaga)
No son malos augurios catastrofistas y apocalípticos.
Es únicamente evidencia científica. La variabilidad del clima
en esta primera mitad del siglo XXI nos lleva, inevitablemente, a un incremento
de la temperatura global y, con ella, la subida del nivel del mar, la alteración
de los ecosistemas, el incremento de las migraciones humanas y de especies
animales, la escasez de comida y la modificación de espacios ocupados
por el hombre, como las primeras líneas de playa, donde en las próximas
décadas, con el horizonte a 30 años vista, en el 2040, el
ladrillo caerá bajo el empuje de las mareas. Los estudios que realizan
especialistas del Centro Andaluz de Medio Ambiente (Ceama), constatan ya
el crecimiento del mar en el litoral sur de la península Ibérica,
así como modificaciones en los ecosistemas de interior.
Europa y España no están exentas
del calentamiento global. El mar avanza desde hace décadas y seguirá
esa dinámica durante todo el siglo XXI. «La previsión
es de que la subida del nivel del mar a lo largo de este periodo sea de
un metro, y para el 2040 habrá sido ya de cincuenta centímetros»,
dice el director del Ceama, Miguel A. Losada. Esto significa que desaparecerá
una línea de costa que, dependiendo de la orografía y su
composición geológica, podría ser de más de
un centenar de metros tierra adentro. Crecerá más donde el
terreno sea menos irregular, lo que ya ocurre en zonas costeras de las
provincias de Málaga, Granada, Huelva, Cádiz y Almería,
y en espacios como el delta del Ebro. Las fuertes lluvias registradas en
las últimas semanas de 2009 y las primeras de 2010, demuestran lo
que puede provocar la crecida de los ríos, las correntías
sobre las ramblas, e incluso el alforar de aguas subterráneas en
espacios ocupados de forma artificial y alterados por el hombre.
El empeño por ocupar la primera línea
de playa a base de urbanizaciones cada día más cerca del
mar tiene su precio. Si a medio metro de subida del nivel del agua le sumamos
otro más para el movimiento de mareas y oleaje, y otros cincuenta
centímetros cuando hay temporal, la imagen está clara, los
paseos marítimos desaparecerán por completo. De hecho ya
se dan ocasiones en las que viviendas de algunas zonas de Granada, Cádiz,
Almería, Murcia y Valencia, se encuentran con cuarenta centímetros
de agua en sus cocinas, y las inundaciones están cantadas cuando
lluvias torrenciales intentan hacerse paso desde los montes hacia el mar.
Casi la totalidad de las playas del litoral mediterráneo tienen
ya espigones para contener el avance de las mareas. Pero esos sistemas,
por el momento sólo contienen la velocidad de avance, no lo impiden,
y de hecho en algunas poblaciones, con crecimientos abusivos e indiscriminados
de sus urbanizaciones, los espigones ni siquiera sirven para regenerar
las arenas de las playas. Para los especialistas, en todo el litoral mediterráneo,
el mar hará desaparecer urbanizaciones por doquier. En espacios
tomados a las costas hasta el borde del mar, como las grandes extensiones
de invernaderos, cultivos bajo plástico sobre las arenas, las débiles
infraestructuras desaparecerán bajo las aguas, como ahora ocurre
cuando se desborda cualquier rambla de la costa oriental de Andalucía.
Antiguos molinos de mareas en Isla Cristina,
Huelva
Desembocaduras
La desaparición de tierra en los deltas
del Mediterrénao, e incluso la inundación salina de las marismas
y estuarios atlánticos de Huelva y Cádiz, son espacios donde
el futuro se ha hecho presente. Los deltas dejan de recibir aportes de
tierra de sus ríos, a los que se les ha quitado caudal a base de
pantanos y presas de regulación, lo que acelera el proceso de entrada
del mar a la desembocadura. Dos puntos donde se aprecia de forma
muy clara el avance del mar y el retroceso de los deltas es en el del río
Guadalfeo, en la provincia de Granada, y en la desembocadura del Gudalhorce,
junto a la ciudad de Málaga.
Sierra sin nieve
Pero las alteraciones del clima no se quedan
en el litoral. Las grandes sierras, ya sufren periodos de enormes sequías
y las nieves permanentes ya son cosa del pasado. Sierra Nevada, considerada
como uno de los espacios clave para estudiar la evolución climática
de Europa y del planeta, ha sufrido los efectos de las subidas de temperaturas.
Si en la década de los noventa, este macizo montañoso se
encontró con una de sus mayores sequías, a partir de ahora,
desde antes de mediados de siglo, las alteraciones impondrán temporadas
sin una gota de nieve que pueden ser de 11 a 13 años, y otras de
duración similar con enormes nevadas. «Las precipitaciones
serán las mismas en un cómputo amplio de tiempo, pero con
épocas muy secas y otras muy lluviosas, y no necesariamente periódicas».
Esta situación es aplicable a la totalidad de los sistemas montañosos
de la península ibérica y europeos.
Restaurar y proteger
Para los investigadores, la realidad de la evolución
del clima no tiene freno, pero existen soluciones que, aunque son aparentemente
utópicas, deberían ser tenidas en cuenta por gobernantes
y ciudadanos. «La solución tiene tres fórmulas, restaurar,
proteger y gestionar», dice Miguel A. Losada. Restaurar es intentar
devolver a la naturaleza lo que le hemos quitado, es decir, que las primeras
líneas de costa, los cauces de los ríos, las ocupaciones
de estuarios y deltas, vuelvan a ser como eran antes de la proliferación
de urbanizaciones e infraestructuras humanas. Algo imposible si se tiene
en cuenta que son miles de kilómetros cuadrados los que se han cubierto
de ladrillo. La segunda es proteger los espacios que peligran ante el avance
del mar, la construcción de infraestructuras de contención
y regulación de mareas, lo que ya se hacía desde hace siglos
en zonas como los estuarios y marismas de Huelva y Cádiz, con los
molinos de mareas. «Pero existe un grave problema, ¿Quién
lo paga?», dice Losada. Una tercera solución es la que debería
haberse iniciado hace ya mucho tiempo, gestionar el uso de las costas y
espacios en peligro con la vista puesta en lo que tiene que llegar. «Puede
ser utópico, pero nunca es tarde, sobre todo si pensamos que la
situación que se dibuja no tiene que ser un no futuro, sino que
incluso podríamos ser más felices». Esa gestión
necesita un drástico cambio de conceptos y prioridades que no parece
que nadie esté dispuesto a asumir, menos aún los gobernantes,
que aún piden que el ladrillo vuelva a sostener la economía
del país.
Aves, migraciones
más largas
Las golondrinas adelantan su presencia en los
humedales andaluces. Aunque se trata de una especie que puede verse durante
todo el año, la mayor densidad de población se da desde el
final de la primavera al inicio del otoño. Los estudios de seguimiento
de migraciones indican que cada año las golondrinas inmigrantes
adelantan su presencia en Andalucía y retrasan su partida. Lo mismo
ocurre con otras especies, sobre todo con las paseriformes, pequeños
pájaros insectívoros que cada año realizan viajes
de más de 5.000 kilómetros para escapar del frío en
el centro y norte de Europa, y pasar el invierno en tierras del sur. El
mosquitero común es un ave de siete gramos de peso, pequeña
y frágil, pobladora de casi todos los humedales andaluces. La subida
de las temperaturas ha provocado que sus viajes, normalmente de 5.000 kilómetros,
en busca de zonas más cálidas en invierno y más frías
en verano, se alarguen entre 200 y 400 kilómetros más, según
un estudio de la Universidad de Durham, donde han analizado los movimientos
de especies que llegan a cruzar el desierto del Sahara hacia Europa y que
utilizan Andalucía como zona de descanso. Sus viajes se han alargado
y su presencia en España dura más tiempo.
Plantas, las especies
de alta montaña se quedan sin cumbres
El aumento de la temperatura afecta ya a los
ecosistemas vegetales de toda la región andaluza, pero especialmente
a espacios costeros y de alta montaña. Algunas especies de
Sierra Nevada tienen los días contados, ya que la subida de temperaturas
sólo les permite crecer en zonas cada vez más altas, y las
cumbres tienen su techo. Más allá no hay nada. Ocurre con
especies como la Amapola de Sierra Nevada, que sólo puede verse
ya en la cumbre del Mulhacén. Ese efecto se ha constatado en numerosos
endemismos de la sierra.
Las investigaciones sobre el glaciar de Sierra
Nevada constatan que se ha perdido el 15% del hielo fósil del Corral
del Veleta, e incluso se da la presencia de polvo subsahariano en las lagunas
de la sierra, lo que afecta a su fauna microbiana.
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